¿Liberty o Freedom?

En el 140 aniversario de la inauguración de la Estatua de la Libertad (October 28, 2026)

“Somos un país de inmigrantes.” Es una frase que he repetido una y otra vez, siempre con el propósito de ofrecer una visión más humana de la historia de este país, y a la vez, de defender los derechos y la dignidad de los que hoy en día lo arriesgan todo para mejorar su suerte, y la de su prole, cruzando desiertos, mares y fronteras en busca de unas oportunidades que se les niegan —por los motivos que sean— en su país de origen.

Pero cada vez que pronuncio la frase, me entran ganas de ponerle un asterisco, un numerito refiriendo a mi oyente a una nota al calce: “con la importantísima excepción, desde luego, de los pueblos indígenas del territorio que hoy ocupan los EE. UU., y de los millones de personas afrodescendientes esclavizadas que no vinieron a estas orillas de su propia voluntad.”

Y hoy me pregunto más que nunca si el relato de EE. UU. como un país de inmigrantes, muchas veces, queriendo o no, lo que hace es eclipsar o soterrar tanto el genocidio fundacional como el “pecado original” del país.

Ahora que se conmemora el 140 aniversario de la inauguración de la Estatua de la Libertad, pienso en la historia del monumento; historia bastante mal conocida, en mi experiencia.

La idea del monumento nació a mediados de 1865 en una sobremesa en la finca de Édouard René de Laboulaye, un destacado jurista, historiador y presidente de la Sociedad Francesa contra la Esclavitud. En esa reunión, en la que participaba el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, se discutió cómo conmemorar la reciente abolición de la esclavitud en los Estados Unidos tras la Guerra de Secesión y la victoria del Norte.

Sin embargo, la historia se encargó de limar y sepultar ese impulso abolicionista inicial. En los más de veinte años que transcurrieron entre aquella idea de liberación y la inauguración formal de la Estatua en octubre de 1886 —hace 140 años esta semana—, el clima político de Estados Unidos había sufrido una transformación radical: el colapso del periodo de la Reconstrucción había abierto paso a la segregación e imposición del sistema de Jim Crow en el Sur, volviendo incómoda para la élite política blanca cualquier conmemoración explícita de la libertad afroamericana. Para no reabrir las heridas de la Guerra Civil ni agriar la reconciliación entre el Norte y el Sur, el propio Bartholdi cambió su diseño del monumento, desplazando las cadenas y grilletes rotos de las manos de la figura a una posición disimulada bajo sus pies y la toga, inaccesibles a la vista del público desde el suelo.

La profunda y casi exclusiva conexión entre la Estatua de la Libertad y el fenómeno de la inmigración vendría también en este contexto racial/racista de la década de 1880; nació, en gran medida, de una sensibilidad moldeada por la memoria histórica ibérica. Emma Lazarus era descendiente en línea directa de los primeros 23 judíos sefardíes que desembarcaron en Nueva Amsterdam en septiembre de 1654, huyendo de la Inquisición en el Brasil portugués tras haber sido expulsados de la península ibérica en el siglo XV. Esta herencia ancestral de exilio y persecución, preservada en su familia durante más de dos siglos en Nueva York, le otorgó una empatía inmediata hacia los desvalidos que en esos años llegaban al puerto.

Esa mirada —forjada en el doloroso legado sefardí— fue la que acabó redefiniendo el propósito y la percepción del monumento en el puerto de Nueva York. Inspirada por los refugiados a los que asistía como infatigable socia de la Hebrew Emigrant Aid Society, Emma Lazarus escribió en 1883 su emblemático soneto «El nuevo coloso» (The New Colossus), donde rebautizó a la estatua como la «Madre de los Exiliados» y transformó su antorcha en una luz de bienvenida para los parias y desvalidos del mundo. Así, la memoria de la expulsión de España se convirtió en el catalizador poético que transformó a la Estatua de la Libertad en el gran símbolo global de la inmigración. La colocación en 1903 de una placa con el texto del soneto de Lazarus en el pedestal de la Estatua, junto con la proximidad de la estatua a Ellis Island —inaugurada una década antes, en 1892— cimentarían para siempre la lectura de la “liberté” de la estatua más como la “liberty” más abstracta de los recién llegados que como la “freedom” de carne y hueso de las personas esclavizadas.

El artista Fernando Sánchez Castillo explora en un gran proyecto la resignificación histórica de la Statue of Liberty, que esperamos pronto poder exponer en NY.

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