Las españolas y los españoles de hoy recuerdan…

Retratos de los de hoy que conmemoran a los de ayer

Conozcamos a algunos de las decenas de personas que nos han ayudado a ensamblar el puzzle que expondremos en el Centro Cultural Conde Duque en enero de 2020.

 

Un siglo entre adioses y bienvenidas

Mis tatarabuelos Celestino Garrido Vilas y Encarnacion Medraño Iglesias (Bueu) y mis

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Foto hecha por Roberto Just Jaca

bisabuelos Manuel Touza Serín (Redondela) y Encarnación Garrido Medraño (Bueu) emigraron a Nueva York a principios del siglo XX. Mi abuela, Ángelina Touza Garrido, quien recién cumplió 93 años, nació en 4 Cherry St. en Manhattan. Ahí formaron parte de ese núcleo de españoles que fundarían organizaciones insignias de su comunidad, como Casa Galicia y otras. Con esto empezó una larga historia familiar de bienvenidas y despedidas a ambos lados del Atlántico que, a fecha de hoy, dura ya más de un siglo. Ahora, nosotros, sus descendientes estamos repartidos entre continentes y naciones, siempre con un sentimiento de arraigo hacia dos sitios a la vez, navegando por, y fusionando, mundos y culturas para formar quienes somos – a veces sin darnos ni cuenta. Así me tienes, gallega texana, criada y de nuevo afincada, en Vigo. Gracias a esta iniciativa de “Emigrantes invisibles” por recuperar la historias de los nuestros y rescatar su voz en el tiempo.

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65158236_350234095611919_3413450375464747008_nMy great-great-grandparents Celestino Garrido Vilas and Encarnacion Medraño Iglesias (Bueu) and my great-grandparents Manuel Touza Serín (Redondela) and Encarnación Garrido Medraño (Bueu) emigrated to New York at the beginning of the 20th century. My grandmother, Angelina Touza Garrido, who just turned 93, was born at 4 Cherry St. in Manhattan. There they formed part of that nucleus of Spaniards who would found flagship organizations for their community, such as Casa Galicia and others. With this began a long family history of welcomes and farewells on both sides of the Atlantic. Today, it spans more than a century. Now, we, their descendants, are divided between continents and nations, always with a sense of belonging to two places at once, navigating and merging worlds and cultures in who we are – sometimes without even realizing it. So here you have me, a Galician Texan, reared and once again settled in Vigo. Thanks to this “Invisible Immigrants” initiative for recovering the stories of our people and rescuing their voices in time. 

–Ángela-Jo Touza-Medina, Vigo

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De Peñalba de Castro (Burgos) salieron…
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Mi tatarabuelo y mi bisabuelo –Apolinar y Ángel Rica– emigraron a Estados Unidos a principios del siglo XX. Salieron de un pueblo pequeño de la provincia de Burgos, Peñalba de Castro, para buscar fortuna en Nuevo México, Niágara Falls y la ciudad de Nueva York, entre otros lugares. Son de los que volvieron con una mano delante y otra detrás; quizá por eso jamás se ha hablado mucho ni en el pueblo ni en la familia de su periplo americano. Luego, investigando, he descubierto que siguieron rutas muy parecidas varios otros hombres de la comarca. Pero han sido casi invisibles. Hasta ahora.”

–Ángel Briongos, Madrid

 

 

Desde Olleros de Sabero (León)…

“Desde Olleros de Sabero en la montaña leonesa, mis bisabuelos Manuel y Genoveva 75210690_1372292596267063_340169875223740416_ose fueron a emprender una nueva vida en los EEUU. No viajaron solos sino con sus hijos, mi abuelo, que tenía tres años y su hermana, que tenía uno. Como otros vecinos suyos, mis abuelos emigrantes cambiaron las minas de carbón del Valle de Sabero por las de Arizona y New Mexico, con la esperanza de prosperar. La idea al irse la familia completa era sin duda no volver, pero la enfermedad de Manuel lo truncó todo. De América regresaron, con tres hijos más, cinco en total. Y poco más. La historia de sus vidas aún es en buena parte invisible y para mí sigue siendo necesario darles luz.”     —Eva B. Sánchez, Madrid

Pues estamos en Salmoral, Salamanca…

75567408_1372566299573026_2129684173948977152_o.jpgPues estamos en la casa de mi abuelo […] en Salmoral, Salamanca. Mi abuelo, Marcelo Nieto, vivió aquí hasta que se fue a [California], allá por 1920. Luego cuando volvió, siguió viviendo en esta casa. Salió de esta casa y volvió a esta casa.

Y bueno, mi interés fue porque no se perdiera toda esta historia. […] Yo cuando era pequeña, venia los veranos aquí y pasaba todos los veranos aquí. Yo siempre me subía arriba al sobrado que llamamos aquí, al desván, y ahí en el desván había baúles enormes y llenos de cosas de América y de ropa y de medias, de todo lo que mandaban, todavía había cosas. Y esto a mi abuela yo ya le empecé a preguntar desde pequeña por papeles que había de la asociación, fotografías, y un poco me empezó a picar ya la curiosidad desde muy pequeña. —MCN, Salamanca

De Alhama de Almería, de ida y vuelta

Nací en Alhama de Almería, un pueblecito de la baja Alpujarra almeriense. En el 1934, 75328544_1376304229199233_2434456118425026560_oa mis 18 meses, emigré a Nueva York en los brazos de mi madre. Mi despertar en aquel nuevo mundo me enseñó lo que era la lucha por la supervivencia complicada por la guerra civil en la madre patria. Rodeado de emigrantes, refugiados e exiliados españoles desarrolle un profundo amor y respeto por la patria donde primero llene mis pulmones. A pesar de criarme y educarme como Americano nunca olvidé mis raíces y siempre admiré la cultura española. Gracias a un club de españoles en Brooklyn, NY llamado el Grupo Salmeron, con un desarrollo cultural admirable, llegué a confirmarme como Americano/Español. Allí conocí a Cervantes, Benito Pérez Galdos y Blasco Ibáñez y mi paladar se enriqueció con las Migas, el Gazpacho y la Paella. También aprendí a bailar el Pasodoble el Chotis y tirar de una cinta de piñata en Carnaval.

Fue tal el amor, admiración y respeto que sentía por ser español que cuando llegó la hora de pastar elegí las áridas tierras de mi querida Almería para mi júbilo. No pude resistirme a esa fuerza que obliga a los salmones volver a donde nacieron para morir.

Nosotros los emigrantes vivimos entre dos mundos. En el que nos acobijó cuando lo necesitamos y el que nos dio la vida.   —Chris Tortosa, Alhama de Almería

De Campanario (Extremadura) a Detroit

Mi abuelo, Francisco Gallardo López, emigró a EEUU, desde Campanario (Extremadura)75341282_1378404848989171_5407754521659047936_o en 1920. Trabajó en la fábrica Ford de Detroit y allí murió en 1928 de un infarto, a los treinta y ocho años de edad. Hemos sabido muy poco de él hasta ahora, quizás porque tendemos a conservar más y mejor la memoria de los que tuvieron éxito. Sin embargo, considero que mi abuelo fue realmente un triunfador porque tuvo un sueño y se atrevió a realizarlo.

Los emigrantes, como él lo fue, tal vez no lo sepan pero hacen historia porque cambian el curso de las sociedades y del mundo…

No te olvides nunca del abuelo Patricio…

“Tu abuelo Patricio salió por primera vez de España a los 14 años. Necesitó la 75521927_1372907616205561_967344424537292800_o.jpgautorización por escrito de su padre para que lo dejaran salir del país. Y se marchó sin saber casi ni dónde iba…”

Esto me lo dijo mi padre cuando yo cumplí esa misma edad.  —RAJL, Macotera, Salamanca.

 

Ellos construyeron mi lugar de trabajo y mucho mas…

74605514_1372915449538111_7529207012828119040_oSoy el Director del colegio “Sada y Sus Contornos”. Llevo la dirección de este centro pues, trece años. Estuve antes cinco años como jefe de estudios, y llevo 18 años destinado en este colegio.

El centro fue construído a instancias de los emigrantes de Sada en Estados Unidos, en Nueva York, concretamente. Crearon una asociación, la sociedad “Sada y sus contornos”, que nació en 1913, y a partir de ese momento se dedicaron a recaudar fondos para construir escuelas… Se inició la construcción en 1920, terminó sobre 1924, y las clases se iniciaron en septiembre de 1927. Hasta 1936 la escuela fue sostenida por los propios emigrantes; en 1936, con el levantamiento militar que hubo en España, las escuelas como ésta, de tipo laico, fueron incautadas por el gobierno, y dejaron de pertenecer a las sociedades que las crearon.

Antonio Fernández Pita fue uno de los fundadores de la “Sociedad Sada y sus Contornos” en Nueva York. Pasados unos años volvió a Sada. Formaba parte, en su momento, de la delegación en Sada, y en 1936 era el alcalde de Sada. [Tras el levantamiento militar de Julio de 1936] fue detenido, y fue fusilado posteriormente. 

–Miguel Gayoso, Sada, A Coruña

De Santander salieron los Escalada Brothers…

Soy nieto de Leocadio Escalada, que a principios de 1880, con su hermano Manuel —Manuel y Leocadio de 13 y 16 años— van de su pueblo en Santander a Estados Unidos, 74333814_1372667646229558_8014310306052308992_oporque tenían allí a un tío, hermano de su madre, mi bisabuela. Van con una carta que les da mi bisabuela y mi bisabuelo y llegan a Brownsville, Texas, donde aparentemente estaba el que era hermano de mi bisabuela. Están allí durante un tiempo y luego se establecen en Lochiel, Arizona, donde regentan una tienda que se llamaba Iberia. Pero finalmente se establecen en Nogales, Arizona, donde abren la primera tienda de Escalada Brothers. Les fue bastante bien.. –C. E., Aravaca, Madrid.

Una historia épica digna de Homero

73169019_1372896602873329_3650862264778489856_oMi hermano y yo hemos heredado un mesón aquí en Trujillo, Cáceres, de nuestros bisabuelos Ysidra Fabián Solís y Diego Barquilla Barquilla. Habían emigrado a Hawái, y, más tarde, de Hawái a California. En 1921, con un hijo nacido en Hawái –nuestro abuelo, Plácido– volvieron a Extremadura y con el dinero que habían ahorrado, compraron este local: Mesón La Troya.   –EBB, Trujillo, Cáceres

Nuestra abuela, de 99 años, aún recuerda las cajas que enviaba…

Nuestro tío-bisabuelo, Manuel Magaña Solanas, nació en Aranda de Moncayo (Aragón) y emigró muy joven a Argentina, Cuba y finalmente Estados Unidos, donde se estableció en Nueva York. En los años 20 era co-propietario, junto a José Mora, de una ferretería en la 75435903_1385789538250702_1994890885971574784_o.jpgQuinta Avenida en el Harlem español. Fue uno de los fundadores y presidente del Club Obrero Español en apoyo a la República Española. Su ayuda a refugiados y víctimas de la Guerra Civil a través del Joint Antifascist Refugee Committee le costó la cárcel durante la caza de brujas de McCarthy, al negarse a hacer entrega de los libros del Comité donde aparecían nombres y direcciones de los contribuyentes a la causa, por temor a que dicha información cayera en manos de la dictadura franquista y tomaran represalias contra las familias en España. Tras la disolución del JARC en 1955, Magaña continuó ayudando a decenas de familias de presos políticos en España, enviando dinero y cajas de ropa. Nuestra abuela, de 99 años, aún recuerda las cajas que le enviaba su tío-abuelo. Entre otras cosas, con periódicos estadounidenses donde se hablaba de la dictadura franquista, de los cuales se deshacía rápidamente, por temor a que alguien los encontrara en su casa. –ACVP, CVP, Zaragoza

Esta casa se hizo con el dinero que mi padre se ahorró…

mario.Me llamo Mario Eiras Soto y nací en enero de 1941. Estoy en mi casa de Villaselán,Ribadeo, provincia de Lugo, España. Y es mi casa en este momento, claro, pero esta casa se hizo con el dinero que mi padre se ahorró en los años que estuvo trabajando en La Florida. Concretamente, estuvo en Cayo Hueso, unos 18 meses, y unos siete ocho años en Tampa. Bueno, él contaba muchas cosas de Tampa, siempre…

Aún conservo el reloj de mi abuelo…

Mi abuelo MARCELINO TORAYA QUEVEDO (1889-1923) nació en el pueblo de La Cavada, Riotuerto ( Cantabria).

74217826_1391672814329041_8373604111572008960_oPor tradición familiar y de su entorno, viajó con 15 años a Barre, Vermont (USA) para trabajar en la industria de la piedra, donde los stonecutters de la comarca cántabra de Trasmiera eran muy demandados por su dominio de la cantería.

En 1909 obtuvo la ciudadanía estadounidense y se formó como ingeniero mecánico, trabajando en los ferrocarriles del estado.

De ese desempeño suyo conservo un reloj ferroviario de bolsillo grade RR, que todos los empleados estaban obligados a usar a raíz del grave accidente de 1891.

Murió joven, a los 34 años, tras pasar más de la mitad de su vida trabajando y contribuyendo a la prosperidad de Vermont.

Siento una gran admiración y orgullo por su proyecto de vida y el de aquellos otros que tuvieron una trayectoria vital semejante.     —Carmen Toraya, Santander

Se fueron cuatro…

75323336_1392484860914503_8890304401156079616_o (1)Cuatro de los hijos de mi abuela Vicenta emigraron a América: uno a Cuba, y tres a Estados Unidos, a Virginia Occidental concretamente, a trabajar en una fábrica de zinc muy similar a la que tenemos aquí en Arnao, y donde trabajaba otro hijo de Vicenta, el que se había quedado en Piedras Blancas, Julio. Son muchas las familias de por aquí con historias parecidas…”     –LFP, Piedras Blancas

Una de las mejores decisiones que tomé…

Siempre he sabido que teníamos parientes en Estados Unidos, en Tampa, Florida. Gente de mi familia materna, de aquí, de Grado —de aquí salieron muchos. Dos tíos de mi madre, Pepe y Manolo vivieron muchos años allí. Pero el contacto entre las familias se 76932487_1393454050817584_4927724722977767424_o.jpgiba diluyendo con el paso de los años. Hasta que un día, hace tres o cuatro años, leí un artículo en La Nueva España anunciando la presentación del libro “Invisible Immigrants” en Oviedo. Decía que iba a estar presente en el acto Anthony Carreño, primo del ex-gobernador de Florida, Bobby Martínez. Sabía que podría ser familia, y por eso fui. Gracias a ese encuentro con Tony, se han reanudado y se han estrechado los lazos que unen nuestras familias desde hace un siglo. Ir esa noche ha sido una de las mejores decisiones que tomé , si no hubiera ido seguiríamos sin conocernos…

–Rosa Pérez Bernardo, Grado, Asturias

 

Ensamblando un puzzle juntos

76602145_1394398704056452_3128150275110469632_o“Con Cathy Varón empezó todo. Ella contactó con la familia de mi marido, con orígenes en Cuero (Candamo).

En la presentación de “Un legado de humo”, en Oviedo conocimos a Tony Carreño. Poco tiempo después hablé de la película a la gente de Candamo para que se proyectara allí. Mi familia paterna es de ese concejo y yo sabía que mi abuela tenía hermanos que habían ido de Cuba a Tampa.

Parecía que estábamos ensamblando un puzzle. Indagando en Censos y en archivos encontré a María García en las redes sociales, nieta de Modesto, el primo de mi padre que nunca había conocido y que había sido gerente de Cafés Bustelo, la marca más vendida en Florida.

Más tarde Noni Koger contacto conmigo para buscar a su familia de Candamo. La encontramos. Y el papel que tengo en mi mano es el árbol genealógico de Baldomero López, hijo de otro candamino de San Tirso, que gracias a Laura Goyanes, pude contactar con sus descendientes para recomponer su historia y así ayudar a otro proyecto futuro.

Hemos tejido una red y hemos encajado piezas gracias al trabajo de James Fernández y Luis Argeo. A partir de enero, en el Centro Cultural Conde Duque en Madrid podremos seguir tejiendo historias…”

–Esther Martínez Álvarez, Santullano, Asturias.

 

76946381_1397230653773257_8556110444643745792_oEntre oscenses en Nueva York

“Hace ocho años, cuando llegué a vivir a Nueva York, empecé a seguir la pista de un payaso aragonés, Marcelino Orbés, que había emigrado a la Gran Manzana en 1905. Charlie Chaplin le consideraba un maestro y Buster Keaton dijo de él que fue el mejor payaso que vio nunca. Conoció el éxito pero su vida tuvo un final trágico. En noviembre de 1927, Marcelino se suicidó en un hotel de Broadway. Como muchos emigrantes, nunca volvió a España y está enterrado a 6.000 kilómetros de distancia de su lugar de nacimiento. ¿Cuántas vidas más esperan ser rescatadas de entre las bambalinas de la memoria?”

-Víctor Casanova Abós, oscense.

 

 

Graciano, Carmen y Alice

Graciano Arribí Piñon, era de Cedeira ( A Coruña) y, como muchos de la costa gallega 72872264_1404440733052249_5662864356291903488_o.jpgdecidió embarcarse para ir a América. Fue con dos de sus hermanos Manuel y Ricardo y quizás también con su padre. No sabemos cómo fueron sus días a la llegada, tal vez encontraron el apoyo de otros paisanos.

Graciano viajaba a menudo a Cuba, allí, en la Habana, conoció a Carmen Veiga Varela , natural de Gayoso (Lugo). Marcharon juntos a Nueva York y se casaron. En la foto posan con elegancia y con decisión. Con esa fuerza que tienen los hombres y mujeres que se embarcan y se deciden a “saltar el charco” para mejorar su vida.

Graciano Arribí Piñón y Carmen Veiga Varela boda Nueva York 1920 (1).jpgSe instalaron en la calle 68, cerca del hospital Sloan Kettering. Graciano había montado un negocio que se llamaba United Camara Corporation, en la Chambers street. Gran parte de las ganancias se invirtieron en una yeguada que tenía con su hermano Manuel en Pleasant Point en New Jersey, era fructífera porque en aquel momento todo el transporte se hacía con ganadería. También hizo una buena inversión en acciones.

Tuvieron varios hijos pero les murieron de difteria y de otras enfermedades infecciosas, después nació Alice, mi madre.
Su vida era magnífica, eran los felices 20. Era un mundo próspero, era la tierra de promisión. Alice pasaba los inviernos en Catskills, el verano en Maine y su curso escolar en el Hunter College, centro de élite de la ciudad. La niña Alice tomaba helados, también nubes de algodón que compraban en Chinatown e iban a las atracciones a Coney Island.

Llegó el crack y Graciano perdió su dinero invertido. Se enfermó y durante años no levantó cabeza. Su hija Alice pasaba largas temporadas en el campo con los primos, hijos de Manuel, en la finca de Pleasant Point.

Graciano falleció, y la familia decidió embalsamar su cuerpo para mandarlo a España, pero no pudo ser porque estalló la guerra civil. Tenemos una segunda y última foto de Graciano. Una foto rodeado de flores y de familia, tumbado en el ataúd para hacer su viaje a Galicia. Ese viaje que no pudo hacer, por la maldita guerra. Hoy está enterrado en el cementerio de Mount Olivet, en Queens, NY. Los amigos de “Spanish Immigrants in the US” me ayudaron a encontrar su tumba.

La viuda e hija continuaron con sus vidas. Alice con sus estudios y Carmen participando en Comité de apoyo a la España republicana. Su hija Alice conoció a muchos exiliados españoles: el abogado de la familia, su profesor de español, que era general republicano… Y llegó la segunda guerra mundial y aquellos primos con los que Alice pasaba temporadas en el campo son alistados. La guerra vuelve a tocar a la familia, sus primos vuelven afectados por el horror vivido.

Carmen cae enferma. Desea volver a la aldea, morir en casa. Regresa a Galicia con la joven Alice después de cuarenta años. Se encuentran una Galicia de los años cincuenta con un mundo triste, analfabeto y acobardado.

Carmen fallece y antes le ruega a su hija que se quede con la familia de la aldea.

Alice con diecisiete años empieza otra vida de lucha y de supervivencia. Pero eso ya es otra historia. –Carmen García-Rodeja Arribí, A Coruña

 

Manny Zapata me dio a conocer el portal de Ellis Island…

Yo nací en Mera, un pueblo marinero de la bahia de A Coruña. Aquí la emigracion 77424153_1407758849387104_4234085700787503104_o.jpgsiempre fué considerada como una bendición; las familias vinculadas a la emigración, que por otro lado eran la mayor parte, vivian mas desahogadamente. Mi vínculo con la emigración viene de ahi y de haber vivido en América años muy importantes de mi vida.

Mi trabajo como investigador comenzó cuando Manny Zapata me dio a conocer el portal de Ellis Island, que fué una gran revelacion para mi y me llevo a querer investigar mas a fondo sobre la vida de estos emigrantes inmortalizados en los manifestos de los barcos de pasaje.

El complemento a esta investigacion documental es la involucración de las familias gracias a la labor que está haciendo el proyecto de Invisible Immigrants. Espero acercarme a la exposición en enero…      –José García

….y seguirá…

savethedate.

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4th of July/4 de julio

13533042_622703834559280_7079697727227330143_n (1)If your grandfather had been born just one village over to the east or west, he probably would have emigrated not to the US, but to Uruguay or Venezuela, Cuba or Mexico.  If your grandmother had been born a year earlier or later, or if she had arrived to the docks a day sooner or later, she might have ended up becoming Argentinean or Puerto Rican or Salvadoran.  And had things played out differently in Spain, he or she or they might have returned to Spain for good in 1939.  In any case, you probably wouldn’t be here, and your forebears’ would-be descendants could be anywhere today, even, God forbid, in a makeshift refugee camp on the US-Mexican border.  

The story of our immigrant ancestors and their ties to the US is often a complex one.

La historia de nuestros antepasados inmigrantes y de sus vínculos a Estados Unidos es a veces muy compleja.

For those of us whose ancestors stayed in the US and raised families here, the “American-ness” of our forebears might seem like something inevitable, even pre-ordained.  Ours too, therefore.

Para los que descendemos de inmigrantes españoles que decidieron quedarse para siempre en Estados Unidos, la identidad estadounidense de nuestros ancestros puede parecer inevitable y hasta predestinada,  Y, por lo tanto, la nuestra también.

In our interviews with descendants of Spanish immigrants all over the US, we always ask: “Did your ancestors come with the intention of returning to Spain, or did they come knowing that they would make new lives here?” More often than not, the response is quick and unequivocal: “Oh, no, my parents [grandparents] came here to stay.”

Cuando entrevistamos a los hijos y nietos de inmigrantes españoles a lo largo y ancho de Estados Unidos, solemos preguntar: “¿vuestros ancestros emigraron con la intención de volver a España, o vinieron sabiendo que harían vidas nuevas aquí?” Y la mayoría de las veces los descendientes responden rápidamente y con contundencia: “Oh, no, los míos vinieron sabiendo que se iban a quedar.”

And yet, when we consider all of the historical evidence, the picture that emerges is usually much less clear-cut. Like practically all immigrants in history, most Spaniards almost certainly harbored hopes –however remote– of someday returning to their country.

Sin embargo, cuando tomamos en cuenta toda la evidencia histórica, otros relatos se pueden entrever. Como casi todos los inmigrantes de toda la historia, la mayoría de los españoles que llegaron a Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX abrigaban la esperanza –por remota que fuera– de regresar algún día a su país.

In fact, during the post WWI economic downturn of 1921, or when the Great Depressionandrés,tumba. hit in 1929, or when the Second Republic was inaugurated in 1931, substantial numbers of Spanish immigrants did in fact return to Spain, thinking that there might be more opportunity there than here in those specific circumstances.

De hecho, durante la recesión que hubo tras el final de la Primera Guerra Mundial (1921), or con el Crack del ’29, o con la instauración de la República en 1931, regresaron a España cantidades sustanciosas de emigrantes, porque pensaban que en esas coyunturas igual había más oportunidad allá que acá.

Family correspondence between Spain and the US often contains discussions of the advisability of returning.

En la correspondencia familiar entre los emigrantes y sus parientes que se quedaron en España, muchas veces podemos presenciar discusiones sobre si era prudente volver o no en distintos momentos.

And many immigrants who came to the US had siblings or cousins or uncles or aunts who emigrated to places like Cuba or Mexico, Brazil or Argentina; the destination of Spanish emigrants, far from being pre-ordained, far from being the expression of some kind of ideological or patriotic will, was often mainly a matter of opportunism, influenced by factors such as village gossip, or even ship schedules.

Además: muchos de los españoles que emigraron a Estados Unidos tenían hermanos, primos o tíos que acabaron emigrando a lugares como Cuba o México, Brazil o Argentina. El destino de los emigrantes españoles no era generalmente una necesidad, ni representaba siempre la expresión de una voluntad ideológica o patriótica de ser de un país o de otro; se trataba, más bien, del ejercicio del oportunismo, y el resultado de factores variopintos y a veces aleatorios, como pueden ser los chismes del pueblo, o incluso los horarios de los vapores.

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And finally, when we look at patterns of naturalization –if we look at exactly when the immigrants decided to become US citizens– we find that a great many of them, who had been in the country for decades, only took the step of becoming US citizens after the end of the Spanish Civil War, in 1939; after the realization, that is, that a return to a prosperous and just Spain was not possible. And so, they stayed.

Y finalmente, cuando miramos los datos de la naturalización –es decir, cuando nos detenemos a analizar exactamente cuándo los emigrantes españoles decidieron tomar el paso decisivo de pedir la nacionalidad estadounidense– descubrimos algo muy interesante. Resulta que muchos esperaron décadas antes de dar ese paso; de hecho, parece ser en muchos casos que fue el final de la Guerra Civil, en 1939, lo que a muchos españoles les hizo comprender que el regreso a un país próspero y justo no iba a ser posible. Y aquí se quedaron.

Does the fact that our immigrants might have behaved opportunistically, and might have hedged their bets in terms of what passport they chose to carry at different points in their lives, make them any less patriotic, any less deserving to be here?

Los inmigrantes tal vez fueron oportunistas, y tal vez tomaron decisiones más pragmáticas que ideológicas a la hora de escoger qué pasaporte llevar en distintos momentos de sus vidas. Ahora bien: ese oportunismo y ese pragmatismo ¿acaso les hacen menos patrióticos, menos dignos de estar aquí?

Or does it just make them more human, more similar to immigrants of the past and present, trying to do the best they can –always against wind and tide, often against laws and prejudice– for themselves, their loved ones, and even their descendants?

¿O les hacen más humanos, más parecidos a todos los inmigrantes de todos los tiempos; luchando, siempre contra viento y marea, a veces contra leyes y prejuicios, por mejorar su situación, la de sus seres queridos, e incluso la de nosotros, sus descendientes?

Happy 4th of July! / Feliz 4 de julio

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Una España en miniatura en la despensa (2)

El 12 de octubre de 1931, La Prensa (de Nueva York) publica este panorámico reportaje especial sobre tiendas, mercados y bodegas españoles en Nueva York.  No tiene desperdicio.  La importancia de la comida para la colonia; el carácter emprendedor y creativo de los inmigrantes; la convivencia en Estados Unidos de españoles con sus “primos” de otros países de habla hispana; todo queda perfectamente reflejado en texto, fotos y anuncios.  El ejemplar del periódico que hemos consultado ha sobrevivido gracias al gran proyecto de “Memoria de Madrid,” impulsado y mantenido por el Ayuntamiento de la ciudad capital.

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El gran gremio de comestibles hispanos

LA VARIEDAD DE LOS PRODUCTOS ALIMENTICIOS ESTIMULAN LA IMAGINACION Y EL APETITO

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No sólo la población hispana sino los americanos, concurren a las tiendas “Spanish”

Hace unos veinte años eran contados los establecimientos españoles en Nueva York.  Sólo la casa Victori en Pearl St. exhibía en sus escaparates los deliciosos turrones, las botellas de aceite de oliva que relucían tras la etiqueta adornada por nuestra bandera roja y gualda, como también los exquisitos vinos de Málaga, Jerez, Marqués de Riscal, etc.: castañuelas y panderetas con sus lazos y sus borlas resaltaban entre frascos de aceitunas y latas de conservas.

Comenzó vendiendo solamente al detalle, pero con perseverancia han ido ensanchando su campo de acción hasta que hoy su mayor negocio es la venta al por mayor.  Todavía existe la antigua tienda de la calle Pearl, pero rejuvenecida y engalanada brillan en ella los azulejos y la cacharrería de típico ambiente.

Antiguos nombres de restaurantes:  “La Chorrera”, “Las Dos Américas”, “Nadal”, etc. son nombres que unos han desaparecido y de los que quedan hay que renovar el antiguo recuerdo para reconocerlos.  Estas casas han prosperado, se han vestido de nuevo y han despertado el entusiasmo de muchos admiradores que por fin al lanzarse a la acción han establecido un gran número de negocios hispanos.

EL primer gremio que ha tomado impulso es el que se dedica a la base de la vida, a la alimentación.  Ya sean tiendas de comestibles, que llamamos bodegas, ya sean restaurantes, es el ramo de comestibles en el que más han comerciado nuestras colonias hasta la fecha y como último esfuerzo, como el hombre que ha trabajado y acumulado dinero y quiere adornar su vida, ha surgido la espuma, el arte, la música del negocio de comestibles —el cabaret.

Algunas de estas bodegas ya son tiendas de importancia y no deja de haber entre los dueños de las más notables algún maestro de español e intelectual, que quizá apuntara en un principio sus gastos y sus entradas por chorizos, sardinas y aceitunas, en el margen de las cuartillas de algún inspirado poema.

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Esta multiplicación de tiendas y restaurantes ha sido causa de un aumento considerable en la importación de nuestros productos.  El aceite de oliva es, sin duda, el primero y durante las semanas que preceden las fiestas de Navidad se vende mucho más turrón que en los viejos tiempos.  Curiosidades, abanicos, mantillas, etc.  Los productos tropicales se encuentran en casi todas las doscientas bodegas esparcidas por Nueva York y Brooklyn.

Algunas de estas bodegas ya son tiendas de importancia y no deja de haber entre los dueños de las más notables algún maestro de español e intelectual, que quizá apuntara en un principio sus gastos y sus entradas por chorizos, sardinas y aceitunas, en el margen de las cuartillas de algún inspirado poema.

Es imposible mencionar a todos estos laboriosos y emprendedores elementos de nuestras colonias.  Pero recogiendo en este número las fotografías de algunos de los establecimientos más importantes, damos fiel idea del comercio de las colonias, sin que esto signifique que no pueda haber otros mayores casi antes de que pase de actualidad este número.  De España, Méjico, Cuba y Argentina, de Centro América y de Puerto Rico, de todas nuestras naciones vienen:  mate, café, chocolate, aceite de oliva, turrones, chiles, etc.

De modo que puede decirse que nuestras colonias han contribuido no poco a que se pueda conseguir en Nueva York cualquier cosa que se quiere de cualquier parte del mundo.

He aquí una mención sucinta de los principales establecimientos de esta ´índole que abastecen a las colonias de la ciudad:

“La Competidora Española.”  Fundada por Jacobo Lago en 1923.  Estuvo establecida antes en Roosevelt Street y ahora se halla en Cherry Street, en el corazón del barrio netamente español.  Su propietario actual es Don Luciano Llana, español.  Especializa la tienda en aceite, café, bacalao, chocolates, etc.  Prepara su propio café.  Tiene productos del país.

“Moneo & Sons.”  Calle 14.  Esta bodega lleva establecida como doce años.  Perteneció a la Viuda de Llopis.  Importa exclusivamente artículos españoles.  Hace aproximadamente 9 años, la Vda de Llopis traspasó la casa a D. Gerardo Lupin, dirigiéndola él y sus esposa (ésta fallecida ya) durante seis años.  El señor Lupin se retiró y vendió a la actual firma, que sigue las mismas normas y vende artículos de primera, españoles.

“Manuel C. Villa,” importador de productos hispanos y frutos tropicales.  Compra y vende al por mayor y menudeo también.  Está establecido hace nueva años en la calle 64.

“Estuve y Alcaraz,” en Park Ave. y la calle 113. Fundad por eduardo Esteve —originalmente en Cherry Street, en 191900. Hoy son dueños Don Pedro Esteve (hermano del fundador) y Don Joaqu´ˆn Alcaraz —primos.  Alardea de ser una de las pocas —o quizá la única— que importa el arroz especial de Valencia (España) para la célebre paella.  Importa yerba mate sudamericano y muchos otros productos hispanos.

“Plácido Garrido,” “Non Plus Ultra,” Calle 119 y Quinta Avenida. Esta bodega fue comprada por Quevedo y Garrido (hoy disuelta la Sociedad y continúa P. Garrido de solo dueño) a Varela Hermanos —que es donde estos comerciantes empezaron.  Al señor Garrido se le titula “el bodeguero intelectual,” pues antes de entrar al comercio, fue profesor de español en una universidad.  Cuando Quevedo y Garrido adquirieron la bodega, ampliaron el local y agregaron un departamento de carnicería.  Huelga decir que también especializan en productos hispanos y tropicales.

“La Unión Hispana” de Pedro Rodríguez, en la calle 100.  Esa una “bodeguera” que afirma “controlar” la clientela hispana del barrio.  Fue abierta y sigue reventada por su dueño “Don Pedro” —como le llaman sus muchos clientes, todos hispanos—.  Especializa en café y viandas de la patria de Jos´´de Diego —de done él es nativo.

“Great Caribbean Market.”  H. Rubin. En Octava Avenida y calle 112.  Antigua bodega de G. Mediquilla.  Productos hispanos en general y carnicería.

“Muñagorri y Cía.”, en la calle 115.  Productos tropicales, hispanos, del país y carnicería.  Se desarrolló en pocos años.  De un pequeño establecimiento, creció hasta ser bodega grande.  Los dueños son español y puertorriqueño.

“Primo Sánchez”, en la calle 116.  Este es el carnicero que se volvió bodeguero.  El señor Sánchez es el “decano” de los carniceros en Nueva York. Hace 11 años que puso un “boliche” de carnes en la calle 115 donde estuvo por siete años, hasta que abrió la bodega actual —grand y con mucha “parroquia.” Su clientela evoca la Torre de Babel —la forman todas las nacionalidades.

“El Colmado,” calle 116.  De José Carré.  Su buen surtido, tiene productos españoles en su mayoría.  Tiene muy diversa clientela.

“La Marquesa,” Calle 116.  Esta bodega era la que fundó Pedro Pardo, hoy ya retirado y radicado en España. Productos tropicales y del país.

“El Encanto,” calle 116.  De S. Rodríguez.  Jamones gallegos, conservas, aceites, productos tropicales, dulces en general.  Establecida hace como seis años.

“Varela Hermanos.” Lenox Ave.  Es una de las mejores bodegas de Nueva York, “sin exceptuar ninguna española o americana’ como dicen los Varela.  Bien puesta, de surtido extenso y abundantes ventas.  Suman al mes muchos miles de d´lares. Son tres hermanos los dueños y los tres son gerentes:  Antonio, Eliseo y Manuel.  Empezaron con una bodega en el mismo local que ocupa el “Non Plus Ultra” (antes Plus Ultra) hace seis años. Trabajaban los tres hermanos en un taller de mecánica, ahorraron unos “machacones” y los emplearon en este negocio.  Hoy importan directamente y venden al por mayor y menor. El hermano mayor Antonio compra en España mercancía para la tienda.  Usan LA PRENSA y creen firmemente en la efectividad del anuncio y dan al diario crédito por el desarrollo de su negocio.

“Gaspar Mediavilla,” calle 140 y Broadway.  Establecido hace mucho tiempo; abrió y vendió la bodega del “Great Caribbean Market.”  Además de recibir productos españoles en gran cantidad, es uno de los establecimientos que más vende e importa en turrones de España.

“Ortiz y Eslava,” calle 145. Antiguos empleados de G. Mediquilla que han salido buenos discípulos en el arte “bodeguero.” Important y compran en plaza productos españoles.  Venden mucho.

“Fernández y Carrillo,” calle 145.  Antiguamente establecidos en Lenox Avenue, después compraron la bodega que pertenecía a José Serrano.  La tienda actual está muy acreditada y tiene buena venta.

En la ciudad de Nueva York, y sobre todo en Harlem, existen ya más de doscientas bodegas que se están acreditando mucho—y que a la vuelta de otros diez años brillarán también en el “firmamento bodeguero” del comercio hispano— de la ciudad.

En Newark, NJ, hay entre otros “José López y Cía” en Ferry St.  Es una verdadera potencia en su ramo.  En tiempos mejores tenía una oficina de compras en Nueva York —para sus dos bodegas.  Hoy tiene solamente una tienda pero hace buen negocio y controla casi toda la venta hispana de la vecina ciudad.

El comercio de víveres de Brooklyn ha tomado también en estos últimos años un incremento notable, distinguiéndose varias casas que hacen sus compras directas en el extranjero y las distribuyen al por mayor y al detalle.

Entre estas merecen mención especial la Pan American Grocery Co.., Inc, an Atlantic Ave., casa que se especializa en la importancia´øn de frutos tropicales y sostiene comercio activo con los establecimiento de víveres de Nueva York y Brooklyn.  Forman la corporación los hermanos Tejera, de nacionalidad cubana, muy conocidos de la colonia por haber sido también los fundadores del club “Gertrudis Gómez de Avellaneda”.

Otra de las casas dedicada al comercio al por mayor y al detalle, especializándose en la importación de conservas españolas, en pescados y carnes, tiene como propietario a don Francisco Yanes, asturiano, uno de los comerciantes más antiguos en Brooklyn.

Otra casa en Brooklyn que se especializa en víveres finos y de sólida posición financiera es la de F. Bermúdez & Co., en Pearl Street.  Es un establecimiento montado a la moderna y de completo surtido de productos españoles y tropicales y del país, además de variedad de objetos de perfumería y quincalla.

La colonia puertorriqueña está bien representada por la Bodega Hispano Americana de Pedro I. Paradizo, una de las casas detallistas que prospera desde hace seis años en Gold Street.

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Una pequeña España en la despensa

Sería difícil exagerar la importancia que tuvo la comida en las vidas de los emigrantes españoles en EEUU.  Y las recetas de la abuela han sobrevivido más tiempo que la lengua.  La exposición “Emigrantes invisibles” (Madrid: Centro Cultural Conde Duque, enero de 2020) explorará y celebrará tanto la gran cultura gastronómica de España, así como la creatividad culinaria de aquellas españolas y de aquellos españoles que buscaron comer bien y vivir mejor “en tierra extraña”.

 

 

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“¿Qué queda de aquella diáspora de decenas de miles de españoles que hace un siglo emigraron a Estados Unidos?”

Durante los últimos diez años que llevamos investigando este apasionante capítulo de la historia compartida entre España y EEUU, es esta la pregunta que con más frecuencia se nos formula, tanto en España como en EEUU.

Y la verdad es que el legado visible, tangible de los emigrantes españoles en EEUU es, hoy por hoy, bastante difuso.  En Nueva York o Tampa, Florida, en San Luis, Misuri o San Francisco, California, sólo los muy conocedores de la historia podrían señalar unos pocos edificios de la colonia que siguen en pie, casi siempre transformados e irreconocibles.  Para la gran mayoría de los residentes en Estados Unidos —incluso para los descendientes de los que emigraron— la historia de la emigración española a este país sigue bastante invisible.

No obstante, en centenares de miles de hogares estadounidenses, en el sitio quizá menos

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Hoy por hoy, la despensa puede ser el mejor museo de la emigración española a EEUU.

esperado de la casa, hay, y muy a la vista, evidencia de la diáspora española a estas latitudes.  Porque aunque no lo sepa el estadounidense medio, si en su despensa o nevera se encuentran productos de la marca Bustelo o Goya, esa persona tiene, en la cocina de su casa, la prueba más fehaciente del buen hacer de los españoles en Estados Unidos hace cien años.

El impacto de la diáspora española se percibe más en las cocinas que en los museos de Estados Unidos.

Porque estas dos marcas tan icónicas —Bustelo, de café, Goya de comestibles envasados, principalmente—fueron fundadas por comerciantes españoles que, tras periplos en el Caribe, acabaron estableciéndose en Nueva York a principios del siglo XX.  Tanto Gregorio Bustelo, de Asturias pasado por Cuba, como Prudencio Unanue, de Burgos pasado por Puerto Rico, comenzaron sus modestísimos negocios en Nueva York, importando y preparando productos que fueran del agrado de aquellos compatriotas —y de sus “primos” hispanoamericanos— que, como ellos, habían decidido probar suerte en Estados Unidos.  Los dos, seguramente sin proponérselo, fundaron imperios comerciales.

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Azafrán manchego importado a EEUU

No nos ha de sorprender que el impacto de la diáspora española se percibe más en las cocinas que en los museos de Estados Unidos.  Los exquisitos y variados productos de España, la profunda y diversa cultura gastronómica del país, junto con el carácter emprendedor de tantos emigrantes,  ayudan a explicar el fenómeno.

La importancia de la comida en la vida de todos los inmigrantes españoles queda ampliamente reflejada en los archivos familiares de sus descendientes, que rescataremos en el proyecto expositivo “Emigrantes invisibles”.  Fotos de las matanzas llevadas a cabo en los sitios más inverosímiles; historias de las búsquedas épicas  —no siempre fructuosas— de pimentón, azafrán, o del arroz perfecto.  Y, sobre todo, los recuerdos entrañables de las pequeñas tiendas que existían en cada colonia, cuyos propietarios se encargaban de buscar como fuera, los sabores que tanto anhelaban los españoles que podían sentirse tan lejos de casa, siempre que salían de la pequeña España de sus cocinas.

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Embutiendo chorizos con un bate de baseball en Cleveland, Ohio.  Las recetas sobrevivieron más tiempo que la lengua entre los descendientes de los emigrantes españoles en EEUU.  [Foto cedida por Laura Goyanes.]

EMIGRANTES INVISIBLES. Españoles en EE. UU. (1868-1945)

El proyecto expositivo “EMIGRANTES INVISIBLES. Españoles en EE. UU. (1868- 1945)” se gesta con el fin de dar a conocer al público en general un vínculo existente que durante largo tiempo ha permanecido sumido en la invisibilidad: la emigración española a los Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX.

Se inaugurará en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid en enero de 2020, y tras su clausura en Madrid (mayo, 2020) itinerará por España y Estados Unidos.

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Cristina Pato, on the speeds of loss

This article originally appeared in gallego, in La Voz de Galicia, on April 19, 2019.  It was translated to English and Spanish by Mónica Álvarez Estévez. Photos by Alejandro J. Fernández.  [Scroll down for the Spanish and Galician versions. Thank you, Cristina and Mónica]

The Art of Restlessness

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Cristina Pato at the opening of As benvidas/ Las bienvenidas/ The Welcomes, 16 April 2019.

This week, when I heard the radio announcers describe the collapse of Notre Dame Cathedral’s central spire due to the fire, I reflected on the varying speeds with which we lose the tangible patrimony of our humanity. I thought about the number of Properties of Cultural Interest that have been lost in Spain or those that are disappearing even now due to neglect or to lack of financing. I recalled the number of abandoned abbeys I used to visit in my province, Ourense, one of the provinces with the largest volume of patrimony in the country. I thought about the forgotten histories of our land, histories that disappeared because of the disintegration of our patrimony. There are disasters, like the fire at Notre Dame, that make things disappear in a matter of minutes, and there are disasters, like the ones in Ourense, that make things disappear over decades and centuries. Without a doubt, their rhythms and circumstances are completely different, but that does not make them less catastrophic.

These losses affect not only our tangible patrimony. When the exhibit “The Welcomes”

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Pato with co-curator, James D. Fernández

opened in New York this week, I could not stop thinking about the connection to our intangible heritage. A small selection of photographs of Galician immigration in the United States may help us better understand the history of our country at the start of the twentieth century. Moments in our history that would probably never be visible if not for the documentation work of its two curators, the journalist Luís Argeo and the Hispanist and NYU professor, James Fernández.  Theirs is a generous exercise to regain that forgotten patrimony.

Castellano: El arte de la inquietud

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As benvidas/ Las bienvenidas/ The Welcomes was designed and produced by Noelia Lecue Francia. It features photographs scanned from the family archives of seven families of descendants of immigrants from Galicia, Spain.

Esta semana, cuando escuchaba a los locutores de la radio describir la caída de la aguja central de la catedral de Notre Dame a causa del fuego, reflexioné sobre la variación de la velocidad con la que podemos llegar a perder el patrimonio material de nuestra humanidad. Pensé en el número de BIC (Bienes de Interés Cultural) que ya se echaron a perder en nuestra tierra o en los que por descuido o falta de financiación están desapareciendo ahora mismo. Recordé la cantidad de monasterios abandonados que acostumbraba visitar en mi provincia, Orense, una de las provincias con mayor volumen de patrimonio en el país. Pensé en las historias olvidadas de nuestra tierra que fueron desapareciendo a través de la desintegración de nuestro patrimonio. Hay desastres, como el de Notre Dame, que hacen que algo desaparezca en minutos, y hay desastres, como el nuestro, que hace que las cosas desaparezcan en décadas y siglos. Sin duda son ritmos y circunstancias completamente diferentes, pero no por eso menos catastróficas.

Pero estas perdidas no solo afectan a nuestro patrimonio material. Cuándo esta

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A nook of the exhibition.

semana se inauguraba la exposición “Las bienvenidas” en Nueva York, no pude dejar de pensar en el paralelismo que hay con nuestro patrimonio inmaterial. Es increíble como una pequeña selección de fotografías de la emigración gallega en los Estados Unidos nos puede ayudar tanto o más a entender la historia de nuestro país a principios del siglo XX. Momentos de nuestra historia que probablemente nunca serían visibles si no fuera por el trabajo de documentación de sus dos comisarios, el periodista Luís Argeo y el hispanista y profesor de NYU, James Fernández. Lo suyo es un generoso ejercicio de recuperación de ese patrimonio olvidado.

Galego: Patrimonio e velocidade

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Galician-American journalist Arturo Conde (l), with co-curator Luis Argeo.

Esta semana, cando escoitaba aos locutores da radio describir a caída da agulla central da catedral de Notre Dame por causa do lume, quedei matinando na variación de velocidade coa que podemos chegar a perder o patrimonio material da nosa humanidade. Pensei no número de BIC (bens de interese cultural) que xa se botaron a perder na nosa terra, ou nos que por descoido ou falta de financiamento están a desaparecer agora mesmo. Lembrei a cantidade de mosteiros abandonados que acostumaba visitar na miña provincia, Ourense, unha das provincias con maior volume patrimonial do país. Pensei nas historias esquecidas da nosa terra que foron desaparecendo a través a desintegración do noso patrimonio. Hai desastres, coma o de Notre Dame, que fan que algo desapareza en minutos, e hai desastres, coma o noso, que fan que as cousas desaparezan en décadas e séculos. Sen dúbida son ritmos e circunstancias completamente diferentes, pero non por iso menos catastróficas.

Pero estas perdas non só afectan ao noso patrimonio material. Cando esta semana se inauguraba a exposición «As Benvidas», en Nova York, non puiden deixar de pensar no paralelismo que hai co noso patrimonio inmaterial. É incrible ver como unha pequena selección de fotografías da emigración galega nos EUA nos pode axudar tanto a entender a historia do noso país a primeiros do século XX. Momentos da nosa historia que probablemente nunca serían visibles se non fora polo traballo de documentación dos seus dous comisarios, o periodista Luís Argeo e o hispanista e profesor da New York University James Fernández. O seu é un xeneroso exercicio de recuperación dese patrimonio esquecido.

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Left to right:  Cristina Pato, James D. Fernández, Luis Argeo, Juan José Herrera de la Muela (Consul of Spain in New York), María Xosé Porteiro (Consello da Cultura Galega) and Antonio Moreno (La Nacional).  The show was sponsored by the Xunta de Galicia, the Consello da Cultura Galega, the Spanish Consulate in New York, and La Nacional.

 

Press coverage of the opening:

https://www.efe.com/efe/usa/cultura/nueva-york-descubre-amargas-alegrias-de-migrantes-gallegos-llegados-a-ee-uu/50000109-3954749?utm_source=wwwefecom&utm_medium=rss&utm_campaign=rss

https://www.lavanguardia.com/vida/20190417/461706513552/nueva-york-descubre-amargas-alegrias-de-emigrantes-gallegos-llegados-a-eeuu.html

https://www.eldiario.es/sociedad/Nueva-York-descubre-migrantes-EEUU_0_889611084.html

https://www.laregioninternacional.com/articulo/en-el-mundo/nueva-york-descubre-amargas-alegrias-emigrantes-gallegos-llegados-eeuu/20190417115602260249.html

https://www.20minutos.es/noticia/3616610/0/consello-da-cultura-galega-inaugura-este-martes-nueva-york-exposicion-as-benvidas/

https://www.elidealgallego.com/articulo/espazo-educativo/eeuu-descubre-experiencia-emigrantes-gallegos/20190417222208403449.html

https://www.elcorreogallego.es/tendencias/ecg/as-benvidas-exhibe-chegada-agridoce-dos-emigrantes-nova-york/idEdicion-2019-04-18/idNoticia-1177745/amp?fbclid=IwAR2TQYvjcLv2axgmyd6BNrYUmK5n8AiN7C24NKgMh8LeCEwaabKCEKpMrPY

http://www.cronicasdelaemigracion.com/articulo/galicia/maria-xose-porteiro-benvidas-es-exposicion-documenta-celebra-amargas-alegrias-llegadas/20190418141222092776.html

https://www.elprogreso.es/articulo/cultura/consello-da-cultura-galega-leva-nova-york-exposicion-benvidas/201904162022181371368.html

http://www.galiciaconfidencial.com/noticia/91644-consello-cultura-galega-inaugura-nova-york-exposicion-benvidas-martes

http://culturagalega.gal/noticia.php?id=29806

https://www.sermosgaliza.gal/articulo/social/benvidas-da-emigracion-galega-estados-unidos/20190415174612078190.html

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Los sastres y sus letreros

Palabras de James D. Fernández, pronunciadas en el Instituto Cervantes de Nueva York, el 9 de febrero de 2019, en la presentación de actividades del Consello da Cultura Galega en torno a la muestra fotográfica “Os Adeuses”
Para Dolores Sánchez, del Lower East Side y Sada

Buenas tardes.  Como neoyorkino, como descendiente de emigrantes españoles, y como estudioso –“friki” dirían algunos– de la diáspora española en Estados Unidos, me toca, en primer lugar, dar las gracias, tanto al Consello da Cultura Galega y a sus representantes –Rosario Álvarez, Xosé Manoel Núñez Seixas, y Emilia García López– como a la Xunta de Galicia, en particular al Señor Presidente Núñez Feijoo, y su equipo.  Porque la serie de actividades que han organizado y que se abre hoy promete ser, además de una gozada para una persona como yo, un parteaguas en la historia del reconocimiento de la presencia de gallegos, y de otros españoles, en Nueva York y en Estados Unidos, una historia tristemente desconocida, invisible, en este país. La exposición de las desgarradoras fotografías de Alberto Martí –Os Adeuses– se inaugura mañana en Ellis Island, el epicentro del fenómeno migratorio de Estados Unidos.  Y ese fenómeno, no lo olvidemos, ocupa el centro, o uno de los centros, de la historia de este país.  Las charlas, conferencias, simposios y proyecciones de películas programados en torno a la exposición prometen sacar de la invisibilidad a aquellas decenas de miles de españoles intrépidos que decidieron probar suerte en este país cuando aún soñaba más con puentes que con muros.

*

Os quiero contar una vieja leyenda neoyorquina seguramente apócrifa de aquellos lejanos tiempos: hace unos cien años, y por pura casualidad, en la famosa barriada de inmigrantes del Lower East Side, esa que hemos visto en tantas películas, donde se codeaban representantes de las cuatro esquinas del planeta, se inauguraron en el espacio de un solo mes tres sastrerías nuevas.  ¡tres! ¡en una sola manzana!

Un día, pongamos, miércoles, preocupado por tanta competencia, el dueño de la primera sastrería nueva –Giovanni, un italiano un poco dado a la exageración– colgó con gran teatralidad un enorme letrero en la puerta de su negocio, que ponía en letras como puños  “El mejor sastre de la ciudad”.

Su vecino, Ian, irlandés, que no iba a ser menos, replicó al día siguiente –jueves– con su propio letrero más inmenso todavía que el de Giovanni: “El mejor sastre del mundo.””  

Ahora bien; poca gente sabe que en esta barriada del Lower East Side, hace cien años, vivía un gran número de españoles –vascos y gallegos, principalmente. Y resulta que el que regentaba la tercera sastrería recién abierta en esta concurrida e inmunda calle cerca de los puentes de Manhattan y Brooklyn, era Xan, un gallego, no se sabe si orensano o coruñés, que para los efectos de la historia, lo mismo da.  Ese jueves por la noche, en la cocinas, en las escaleras de incendio, hasta en los tejados de los tenements, no había otro tema de conversación:   todo el barrio estuvo pendiente de cómo fuera a reaccionar el sastre gallego a esta guerra de los rótulos.

El tercer día –viernes– cuando llegó Xan a su tienducha por la mañana, ya se había formado un corrillo de desocupados cerca de la puerta, ansiosos de saber qué pondría el gallego en su anuncio, como si se tratara de una pelea de boxeo entre tres.  Cuando el sastre gallego llegó a la entrada de su local, sacó del bolsillo un minúsculo papel y, sin grandes ceremonias, lo pegó en el cristal de la puerta del negocio. Entró sin más, y se puso a trabajar.  Los curiosos en la calle se miraron entre sí, sorprendidos, más curiosos todavía; y tuvieron que acercarse mucho para poder leer lo que ponía el modesto cartelito del gallego Xan.

Ponía: “El mejor sastre de la manzana.”

*

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Ver las fotos de Alberto Martí, de las partidas y despedidas de tantos gallegos en los puertos de Galicia, verlas, decía, montadas en Ellis Island, el lugar de las llegadas, y entradas, resulta un tanto desconcertante.  Se trata del  desconcierto sugerente y productivo de ver “Os adeuses, los adioses” instalados en el lugar de “As benvidas, las bienvenidas”.

En varias fotos de Martí, llama la atención en particular el protagonismo que cobran  las espaldas de los retratados; solemos asociar la carga emotiva, afectiva de las fotos con las caras expresivas; pero aquí, a pesar de la ausencia de rostros –o quizá a causa de esa misma ausencia– las fotos tienen un impacto emocional muy especial. Sería difícil encontrar otra foto sin rostros con más fuerza patética que esta; arrimados al borde del fin del mundo, ante el precipicio de los momentos decisivos, irreversibles, nos identificamos en muchas de las fotos de Os adeuses con aquellos que se quedan atrás, con los que se despiden de los que se van, para siempre, parecería.

Llevamos ya más de diez años digitalizando y estudiando los archivos familiares de los españoles que emigraron a Estados Unidos.  Y tras contemplar las fotos de Martí, he llegado a sentir a veces que el archivo de miles de imágenes que voy montando con mi colaborador Luis Argeo forma en su conjunto casi un perfecto contraplano o “reverse shot” de Los adioses.  Como si nuestras cámaras estuvieran instaladas ya no en los muelles de allá, sino en la orilla de acá, documentando la llegada, las bienvenidas.

Las fotos de Martí –tan hermosas, trágicas, traumáticas– escenifican la partida como un momento definido y definitivo, irreversible: los que se van, parecería que realmente se van “a otro mundo”; como si los pasajeros fueran a cruzar ya no el Mar Atlántico, sino el Río Estigia.  Es que las despedidas, los adeuses, tienen eso. En ese momento, en ese lugar, parecería que no existe nada más allá de la herida de la separación. Sin embargo…

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(Foto cedida por la familia Losada, de Newark, New Jersey)

En nuestros contraplanos, en foto tras foto, vemos de frente a los que vienen llegando, y a veces, vemos hasta el contenido de esos baúles que aparecen cerrados y sellados en tantas  fotos de Martí. Si miramos con cuidado, con sensibilidad, podemos ver incluso los sueños e ilusiones que formaban parte de su equipaje. Y entre esos sueños, acaso doblado entre prendas de ropa y fotos de los que se quedaron atrás, encontramos el sueño de volver.  

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Foto cedida por la familia Sánchez-Alonso, de Astoria y Sada/Bergondo.

En el fondo, lo que vemos en los álbumes del lado de acá, es que aquellas partidas no son casi nunca tan definitivas como parecen en las fotos de Martí; en nuestras imágenes se mezclan y se cruzan, sin remedio, los adioses y las bienvenidas, las idas y las venidas, el aquí y el allá, este mundo y el otro. Algunos –muchos– partieron para no volver nunca, es cierto; pero esos –lo podemos palpar en las fotos– nunca se habían ido del todo. Otros embarcaron en Galicia para luego volver, y quizás, quién sabe, para volverse a marchar otra vez.  Ya no se sabe bien si iban o venían.

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Foto cedida por la familia Yglesias, de Ferrol y Brooklyn, New York.

Por algo las colonias gallegas de la zona de Nueva York se asentaron principalmente junto al agua. En el fondo, se trata de una historia de barcos y muelles, no sólo como medios de transporte, sino también como oficios, escuelas, formas de vida.

Quien puede palear carbón en la sala de máquinas minero.de un vapor transatlántico, lo puede hacer también en una mina de West Virginia, en las calderas de una fábrica de Cleveland, o en la planta eléctrica de Con Edison, que en Nueva York empleó a muchos de estos inmigrantes gallegos engrasadores y fogoneros.

Y quien sabe guisar o servir comida en alta mar lo tiene aún más fácil en la tierra firme:  los cocineros gallegos de los barcos –igual que los vascos–ocuparán un lugar privilegiado en el mundo de la restauración allá donde se apearan de aquellas ciudades flotantes que eran los vapores.

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Emilio González Dans detrás de la barra de su “diner” en Tampa, Florida.  Foto cedida por su hija, Gloria Harper Boyett.

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Andrés Sánchez, detrás de la barra de uno de sus bares.  Foto cedida por la familia Sánchez/Alonso.

Herminia Guerra, de Sada, llegó a NY en 1920, para cuidar a una sobrina, Ángela, hija de su tío, Antonio Outeda, que regentaba no una sastrería, pero sí una tienda de ropa en ese Lower East Side español.

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En Nueva York Herminia conoció a Andrés Sánchez, de Bergondo, y ya en 1925  tuvo a su cuidado una hija propia, Dolores.

Entre Sada y Bergondo, hay unas siete millas; pero Herminia tuvo que cruzar el mar, viajar 3,000 millas, para conocer a su Andresiño.

En el ‘32, desesperados con las penurias de la Gran Depresión en Nueva York, y esperanzados con la llegada de la Segunda República, Herminia y Lola decidieron volver a Sada, a probar la suerte.  Andrés se quedó en Nueva York, esperando noticias.  ¿Habría llegado el momento de volver de forma definitiva?  Pero Herminia no se quedó convencida de la estabilidad del nuevo régimen, y después de un año, acabó regresando con la niña a NY –cosa que agradecerán su nietas, las hijas de Lola, que nos han proporcionado estas maravillosas imágenes. Según la leyenda familiar, el cerdo que aparece en la foto también hizo el viaje de Sada a NY –debidamente salado y curado, se entiende.

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O consideremos el caso de José Vázquez, de Chantada, Lugo.  Tres veces se hizo retratar: en la víspera de su partida a Cuba; 20 años más tarde, en la cumbre de la buena fortuna, ante su tienda de ropa en la Calle 14 de Nueva York, en el corazón de “Little Spain”; y otros 20 años después, ya en su casa en el mismo edificio donde tenía la tienda.  

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Foto cedida por Maximino Vázquez, el gaitero.

La última foto nos dice sin lugar a dudas que reside en Manhattan; pero la gaita que ha regalado a su hijo Max también sugiere que José vive todavía en otro lugar, o sugiere por lo menos que vive entre lugares.

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“Mi padre, Emilio González Ojea, nació en Ribas de Sil (San Clodio), Lugo, en 1903.”  –Francisca González Arias.

Y es que nunca se fueron del todo, como tampoco llegaron del todo;  Construyeron aquí una Galicia quizá más palpable, en algunos aspectos, que la de allá.

Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

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Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

Y mientras tanto, nunca dejaron de cruzar el mar fotos, historias, y recuerdos… Dólares transformados en pesetas –muchas, muchísimas pesetas.

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Y ropa, mucha ropa.  En este humilde documento –uno de mis preferidos de todo nuestro archivo– vemos como Herminia llevaba casi treinta años en NY cuando preparó y envió este paquete de ropa –remendada, quizá, en una sastrería gallega del barrio– a su gente en A Coruña…

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*

Seguramente hacía algo de frío aquel día del otoño de 1925, cuando Herminia y Andrés se pusieron unos abrigos –que igual en unos años calentarían a alguien más en Galicia– para subir al tejado del edificio en el que vivían en el Lower East Side. 

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Acababan de llegar más primos de Sada, y había que buscar la luz y el espacio necesarios para inmortalizar el momento con una foto que mandarían luego a Galicia, guardando esta copia en Manhattan.  A la azotea. ¡Patata!

¿qué nos dicen las miradas tan directas, tan de frente, de este luminoso contraplano? No escucho ni “Adiós” ni nada por el estilo.  ¿Se despiden de nosotros o nos saludan? ¿o todo lo contrario?  Nos dicen, intuyo: “Sí, es cierto, los italianos y los irlandeses eran más, mucho más. También supieron y quisieron hacer letreros más grandes que nosotros. Pero aquí estamos; aquí hemos estado.  No nos olvidéis.”   

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Nueva York, Nueva York, déjà vu de nuevo

por James D. Fernández

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Una versión ligeramente distinta de este texto salió en el suplemento cultural de La Vanguardia –Cultura/s– de Barcelona el 29 de diciembre de 2018.

La nueva novela de María Dueñas, Las hijas del capitán, ambientada entre los inmigrantes españoles que vivían en Nueva York en los años ‘30, se añade a un extenso y variopinto catálogo de libros escritos por españoles sobre la Gran Manzana.  James D. Fernández, catedrático de literatura española de New York University, reflexiona sobre algunos de los textos fundacionales de la tradición.

“Es imposible visitar la ciudad de Nueva York y verla por primera vez.” Este lugar común sobre el más común de los lugares lo comprueban los miles de pasajeros –consumidores todos ellos de cine, televisión e internet– que aterrizan cada día en el aeropuerto JFK. Pero la fuerte sensación de déjà vu que sobrecoge a los viajeros actuales cuando ven desde el avión –sin papel o pantalla de por medio– la icónica skyline, o cuando ya en tierra se suben a su primer taxi amarillo, la vivieron también a su manera los que llegaban en barco hace un siglo, allá cuando la ciudad apenas iniciaba su vertiginoso ascenso hacia la categoría de capital mundial.

La transformación de esta pequeña aldea indígena, luego holandesa, después inglesa, fue un proceso largo y paulatino. Pero, en realidad, fue sólo hace un siglo, a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando Manahatta/Nueva Amsterdam/Nueva York dio sus primeros pasos de gigante –pasos de King Kong, pongamos– hacia su estatus de auténtica cosmópolis, y de modelo inagotable de historias e imágenes que nacerían tan locales como universales. Los escritores, comerciantes, inmigrantes y turistas que acudían a la ciudad en aquellos años en torno a la Gran Guerra también podían llegar ya con el equipaje mental cargado de imágenes preconcebidas, gracias a la literatura, la fotografía, las revistas ilustradas, y, cada vez más, a la incipiente industria cinematográfica, tan vinculada, mucho antes que a Hollywood, a la ciudad de Nueva York. “Aquí es donde se ven las magníficas piernas de la mecanógrafa que vimos en tantas películas”, escribe Federico García Lorca a su familia granadina desde NY en 1929, “el simpatiquísimo botones que hace guiños y masca goma, y ese hombre pálido con el cuello subido que alarga la mano con gran timidez suplicando los cinco céntimos”.

García Lorca era sólo uno de los muchos españoles que llegaron a la ciudad en los años 20 y 30, atraídos todos por las fascinantes imágenes de la megalópolis. Los españoles que (re)visitaron NY por primera vez en el período de entreguerras poseían una particular doble visión. No sólo podían cotejar lo que habían visto antes en los medios con lo que veían ahora a ojo pelado; también disfrutaban de una peculiar forma de déjà vu histórico. Como ciudadanos de un país que tenía todavía muy fresca la memoria del final de su propio imperio, estos españoles llegaban a NY/Estados Unidos predispuestos no sólo a buscar los rescoldos de la presencia española de este lado del charco, sino también a percibir y acaso criticar las maneras “imperiales” que ya apuntaba el país, y en especial su “Empire State”. Es decir: al escribir sobre Nueva York, no dejaron nunca de escribir sobre España.

“Al escribir sobre Nueva York, [estos autores españoles] no dejaron nunca de escribir sobre España.”

Gracias en buena medida a esta “conciencia imperial”, los testimonios neoyorquinos que han dejado los viajeros españoles son particularmente valiosos. Julio Camba y José Moreno Villa también visitaron la ciudad en la misma época que García Lorca, por motivos muy distintos. Los tres dejaron textos diferentes entre sí pero, sin pretenderlo, sentaron las bases y establecieron las pautas y el temario para una biblioteca extensa y todavía creciente de textos sobre Nueva York escritos por españoles (ver ejemplos). Al mismo tiempo, ofrecieron una serie de observaciones y atisbos sorprendentemente vigentes todavía para quien quiera volver a ver la ciudad por primera vez.

José Moreno Villa, Pruebas de Nueva York

Poeta, pintor, crítico de arquitectura, archivero, José Moreno Villa (Málaga, 1887- Mexico 1955) viajó a Nueva York en 1927 por un motivo muy peculiar. Este soltero casi cuarentón, que llevaba diez años viviendo como tutor en la Residencia de Estudiantes de Madrid, se había enamorado de una joven estadounidense, de familia judía, que realizaba estudios en España. Hizo el viaje a Nueva York con la esperanza de conseguir el visto bueno de los padres de la mujer para casarse con ella. El encuentro no dio el resultado deseado, y poco después, Moreno Villa volvería a Madrid sin novia, pero con un manuscrito de reflexiones sobre Nueva York, que sus amigos guasones no tardarían en titular, con un guiño al célebre poemario neoyorquino de Juan Ramón Jiménez, “Diario de un poeta recién divorciado.” Al reunir y publicar el texto en Málaga a finales de 1927, Moreno Villa le pondría el título de Pruebas de Nueva York.

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Ilustración del lápiz del mismo Moreno Villa, en Pruebas de Nueva York.

La “prueba” no superada del desposorio no aparece de manera explícita en el libro, aunque para el lector que conoce el caso, recorre el texto entero como fondo silencioso. Porque en su descripción y análisis de la ciudad, Moreno Villa opone a cada paso dos mundos aparentemente incompatibles: el del señorío español vs. el de la inquietud de la “metrópoli judía” de Nueva York. No cuesta mucho ver cómo una incompatibilidad (la de los países) se solapa con otra (la de la pareja). En las páginas preliminares del libro Moreno Villa confiesa que le interesa en particular “ese mundo ultramarino que invade en muchos órdenes nuestra vida, nuestro territorio y nuestro pensamiento”; es decir, aquí y a lo largo del libro, confunde, casi a modo de alegoría, los procesos geopolíticos con los vaivenes de su propio corazón, reconociendo que el imperio de la inquietud amenaza con desplazar al imperio del señorío en los dos ámbitos.

Fino observador siempre del ambiente físico que le rodea, Moreno Villa presta mucha atención a pequeños detalles –los llama “nimiedades”. Se fija, por ejemplo, en la gran variedad de resortes de los grifos que hay en los depósitos de agua, y de esos detalles busca sacar conclusiones generales “sobre los resortes psicológicos de la gente”.

Resulta ejemplar en este sentido la lectura que realiza Moreno Villa de las escaleras de incendio que adornan –o estropean, según– las fachadas de tantos edificios de la ciudad. Estas aparatosas plataformas y escaleras de hierro, que ofrecen una segunda salida de emergencia, fueron casi siempre añadidas, con criterios más pragmáticos que estéticos, muchos años después de la construcción de los edificios, en cumplimiento de normas municipales posteriores. Las estructuras, ahora icónicas, en sus orígenes interrumpían y afeaban el paisaje natural de la ciudad; sólo con el tiempo, como los toros de Osborne en la campiña española, llegarían a convertirse en elementos genuinos –esenciales, incluso– de ese mismo paisaje. Ya en 1917, Juan Ramón Jiménez se había quejado amargamente de estos armatostes en la casa donde se quedaba en Greenwich Village. “Está enjaulada la ciudad en las escaleras de incendio […] ¡Que me quiten de mi balcón la escalera mohosa […] Yo quiero tener en mi casa la primavera, sin posibilidad de salida. ¡Prefiero quemarme vivo, os lo aseguro!”

En Moreno Villa la crítica estética que hace Juan Ramón a los fire-escapes se convierte en observación tanto etnográfica como confesional: encuentra en la imagen no solo una descripción de su dilema vital tras el fracaso de su proyecto amoroso, sino también una distinción esencial entre España y Estados Unidos:

¿por qué no decir que el miedo al fuego es una característica anglosajona, y que tanto se teme aquí el fuego material como el sentimental. Todas las casas tienen escaleras de escape, para burlar el fuego, y todas las personas deben estar provistas de ese concepto inglés intraducible, llamado good sport, que sirve para resbalar sobre el fuego sentimental, para burlar el dolor. Good sport es quien resiste la adversidad sin un asomo de sufrimiento; quien termina un proceso doloroso como un juego.

Julio Camba, La ciudad automática

El periodista, crítico gastronómico y humorista Julio Camba es autor de dos de los libros más perspicaces y graciosos jamás escritos por un español sobre Estados Unidos y Nueva York. Un año en el otro mundo es el fruto de un viaje que hizo al país en 1917, invitado por la Fundación Carnegie a formar parte de una delegación de periodistas internacionales, y La ciudad automática es una serie de viñetas y reflexiones realizadas tras el viaje que hizo a Nueva York en 1931.

Poseedor de ingenio y malicia a partes iguales, Camba es experto en citar un lugar común para luego desmontarlo, siempre con humor y muchas veces de forma bastante convincente. En las páginas de La ciudad automática, por ejemplo, sostendrá que la Ley Seca ha favorecido la elaboración de buenos vinos en Estados Unidos, y que por menos de un dólar se come bien en Nueva York ya que “la comida en América no empieza a ser mala más de los dos dólares y medio para arriba.” Viendo el fenómeno de los desempleados que venden manzanas en las esquinas de la ciudad durante la Depresión, razona: “a los desocupados ningún empleo les había producido nunca tanto dinero como el empleo de desocupados”. Y sostiene, entre burlas y veras, que en Nueva York un español puede conocer su propio país mejor que en España.

Registra con su habitual agudeza y humor la creciente y diversa presencia hispana en Nueva York. Observa que “los restaurantes, por su parte, no serían considerados como restaurantes españoles si, junto al arroz valenciano o la escudella catalana, no incluyesen en la carta los tamales, el churrasco, el mole de guajolote, el chile con carne, la barbacoa, el sibiche, el chupe de camarones y demás platillos o antojitos hispanoamericanos”. Acto seguido, amonesta a sus lectores en España:

Y si usted, amigo lector, considerase algo bárbara esta nomenclatura, yo no podría por menos de lamentarlo, porque con ello demostraría, no que es usted español, sino que lo es usted muy poco, que tiene usted de España un concepto peninsular exclusivamente y que carece usted de conciencia histórica nacional.

Esta conciencia histórica, si en efecto le falta a usted y quiere usted adquirirla, en ninguna parte podrá lograrlo mejor que en el barrio de Nueva York a que me refiero, donde se encontrará usted, en pequeño, con una España muy grande.

En La ciudad automática el déjà vu imperial no podría ser más explícito; resulta que el autor ya ha visto Nueva York… en la Sevilla de los Austrias: “Hoy, los Estados Unidos se encuentran en una situación bastante semejante a la de España en los comienzos del siglo XVI, cuando, terminada la reconquista y con todo el oro de América en sus gavetas, España era árbitro del comercio del mundo y el Nueva York actual no deja de tener grandes analogías con la Sevilla agitada, turbulenta y cosmopolita de entonces. Lo que fue de aquella España ya lo sabemos. Veremos ahora lo que será de esos Estados Unidos”.

García Lorca, Poeta en Nueva York

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Auto-retrato del poeta en NY.

García Lorca cree ver o prever la respuesta a la pregunta lanzada por Camba. El poeta llega a NY en junio de 1929, huyendo de una serie de crisis personales, acaso de una depresión. Mal momento y mal lugar para huir de crisis y depresiones. A los pocos meses de desembarcar en los muelles del Hudson del SS Olympic (hermana del SS Titanic, por cierto), le tocaría presenciar el Crack de Wall Street y el inicio de la Gran Depresión. La huella literaria de su paso por NY tiene dos vertientes principales, poco reconciliables: un nutrido epistolario con cartas relativamente optimistas y entusiastas –a veces hasta pueriles– dirigidas a sus parientes y amigos en España; y un poemario oscuro y angustioso, publicado póstumamente con el título de Poeta en Nueva York.

En más de ocasión, Federico alude en el epistolario a las películas que pueden haber visto sus interlocutores españoles: “es igual que en el cine.” Tras visitar un templo de la comunidad sefardita en el Upper West Side, comenta en una carta a sus padres que las caras de los descendientes de españoles judíos expulsados que asisten al servicio les resultarían del todo familiares, por su parecido a ciertos vecinos granadinos. Y sin darle mucha importancia, sin preguntarse mucho por su por qué, el poeta deja constancia a lo largo de sus cartas de una amplia red de españoles, hispanohablantes e hispanófilos por la que se mueve con gran facilidad durante sus meses en NY. Prueba de ello: apenas aprende inglés.

Pero es en el poemario donde se deja sentir, entre líneas, una aguda conciencia post-imperial lorquiana. Poeta en Nueva York es un libro difícil y denso; resiste sistemáticamente cualquier interpretación reduccionista. De hecho, el lector del conjunto de poemas es sometido a un torrente de imágenes muy parecido al bombardeo de estímulos que agrede al extranjero que visita NY. Tanto el lector como el viajero se instalan a la fuerza en la misma frontera –tan incómoda como excitante– entre lo comprensible y lo incomprensible, lo conocido y lo desconocido, lo ya visto y lo invisible. Resulta por lo tanto difícil –e inoportuno– atribuirle al poemario una estricta coherencia temática o conceptual. No obstante, sí hay tendencias identificables, y una de las más notables de Poeta en Nueva York es la de invitar al lector a imaginar no tanto la ciudad en sí –con su arrogante verticalidad y sus fríos ángulos rectos– sino lo que había antes en su lugar, y lo que habrá después, cuando deje de existir.

Porque resulta que debajo del asfalto, cemento, acero y cristal, late todavía, esperando en acecho la oportunidad de reclamar el espacio que los hombres blancos le han usurpado temporalmente, un vasto reino animal y vegetal. De forma sumamente problemática, aunque para él, sin duda, elogiosa, exaltadora, Federico parece incluir en ese mundo telúrico a los afroamericanos. Mientras todavía se levantaba el Empire State Building, como aquel peregrino de Quevedo que buscaba sin éxito a Roma en Roma, García Lorca ya está atisbando una Nueva York  post-desastre, post-apocalíptica.  Su poemario es la crónica de su paso por otro imperio convertido en ruinas, algo ya muy visto. Sólo lo fugitivo permanece y dura.

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Algunos herederos del déja vu

María Dueñas, Las hijas del capitán, 2018

En esta novela cuidadosamente documentada, Dueñas recrea las texturas de los barrios hispanos de NY durante los primeros meses de 1936.    

Continuaron andando hasta llegar a un pedazo de asfalto que, con otros nombres y otros rostros, volvía a desprender un pulso familiar: la calle Catorce en su tramo entre la Séptima y la Octava avenida, haciendo bisagra entre Chelsea al norte y el West Village al sur. Allí se asentaba otro núcleo de compatrio­tas; quizá no armaran un enclave tan compacto como el de Cherry Street y alrededores, pero su existencia evidente se no­taba en los letreros de algunos negocios, en las voces altas de un par de corrillos, en los saludos entrecruzados, los gritos de las madres llamando a sus hijos desde las ventanas y en el as­pecto inconfundible de unos cuantos ancianos que fumaban silenciosos sentados en los escalones de los portales.

Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, 2004

Gran conocedor tanto de NY como de la tradición de escritores españoles que han escrito sobre la ciudad, Muñoz Molina también escribe sobre España cada vez que escribe sobre NY.

En España el peor insulto que puede recibir quien escribe libros o hace películas, quien se dedica a cualquier forma de arte, es que se la llame localista, o costumbrista. En Nueva York uno se da cuenta de que el arte americano, que en cualquier parte del mundo se percibe como universal, es de un localismo extremo, y sus cualidades universales o abstractas proceden de nuestra lejanía hacia los motivos, los escenarios y las experiencias que lo alimentan.”

Carmen Laforet, Paralelo 35, (1967)

En el viaje que hizo a EEUU a mediados de los 1960, la autora de Nada buscaba señales de la presencia española en el país.

De pronto me encontré en un local, un restaurante como hay muchos en Madrid. Era puramente España. La decoración, paredes encaladas, un vago aire andaluz, el mostrador de cinc, dos hombres tocando la guitarra y ninguna mixtificación de ambiente…

Nos sentamos a la mesa para tomar un aperitivo. El camarero que nos servía era gallego y contó algunas aventuras que le habían sucedido en su larga vida en Nueva York…

Mientras servía vinos y aperitivos españoles, el restaurante se fue animando con gente tranquila que hablaba español e iba a cenar…

La manera de hablar fuerte, las risas la guitarra, las aceitunas, las rajas de chorizo, los manteles, todo era España. En otros barrios les ocurre lo mismo a los alemanes, a los polacos a los irlandeses, a los chinos… En Nueva York hay sucursales de todos los países del mundo…”

Josep Pla, Weekend (d’estiu) a Nova York (1954)

Abundan las agudas observaciones de Pla en esta crónica de unos pocos días que pasó en NY a principios de los años ‘50; Pla llegó en barco, pero ya empezaban a llegar por avión más y más de los visitantes de NY.

Contemplo llarga estona les superbes estructures i he faig entre un grup nombrós de viatgers que arriven a Nova York, com jo mateix, per primera vegada. Observo les seves reaccions i veig que segons les persones son diferents. Hi ha persones que han vist centenars i centenars de films una gran part dels quels contenen aquestes imatges que ara tenim davant. I bé: aquestes persones no queden, davant de l’espectacle, tan fascinades como jo, per exemple, que, pel fet de no anar mai al cinema i viure al camp, em trobo més candorosament i ineditament preparat per a rebre el seu impacte. Per ells, aquestes formes viuen en la seva memoria cinematográfica. Per mi són una realitat que s’imposa a través d’un xoc directe i primigeni…”

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