Los sastres y sus letreros

Palabras de James D. Fernández, pronunciadas en el Instituto Cervantes de Nueva York, el 9 de febrero de 2019, en la presentación de actividades del Consello da Cultura Galega en torno a la muestra fotográfica “Os Adeuses”
Para Dolores Sánchez, del Lower East Side y Sada

Buenas tardes.  Como neoyorkino, como descendiente de emigrantes españoles, y como estudioso –“friki” dirían algunos– de la diáspora española en Estados Unidos, me toca, en primer lugar, dar las gracias, tanto al Consello da Cultura Galega y a sus representantes –Rosario Álvarez, Xosé Manoel Núñez Seixas, y Emilia García López– como a la Xunta de Galicia, en particular al Señor Presidente Núñez Feijoo, y su equipo.  Porque la serie de actividades que han organizado y que se abre hoy promete ser, además de una gozada para una persona como yo, un parteaguas en la historia del reconocimiento de la presencia de gallegos, y de otros españoles, en Nueva York y en Estados Unidos, una historia tristemente desconocida, invisible, en este país. La exposición de las desgarradoras fotografías de Alberto Martí –Os Adeuses– se inaugura mañana en Ellis Island, el epicentro del fenómeno migratorio de Estados Unidos.  Y ese fenómeno, no lo olvidemos, ocupa el centro, o uno de los centros, de la historia de este país.  Las charlas, conferencias, simposios y proyecciones de películas programados en torno a la exposición prometen sacar de la invisibilidad a aquellas decenas de miles de españoles intrépidos que decidieron probar suerte en este país cuando aún soñaba más con puentes que con muros.

*

Os quiero contar una vieja leyenda neoyorquina seguramente apócrifa de aquellos lejanos tiempos: hace unos cien años, y por pura casualidad, en la famosa barriada de inmigrantes del Lower East Side, esa que hemos visto en tantas películas, donde se codeaban representantes de las cuatro esquinas del planeta, se inauguraron en el espacio de un solo mes tres sastrerías nuevas.  ¡tres! ¡en una sola manzana!

Un día, pongamos, miércoles, preocupado por tanta competencia, el dueño de la primera sastrería nueva –Giovanni, un italiano un poco dado a la exageración– colgó con gran teatralidad un enorme letrero en la puerta de su negocio, que ponía en letras como puños  “El mejor sastre de la ciudad”.

Su vecino, Ian, irlandés, que no iba a ser menos, replicó al día siguiente –jueves– con su propio letrero más inmenso todavía que el de Giovanni: “El mejor sastre del mundo.””  

Ahora bien; poca gente sabe que en esta barriada del Lower East Side, hace cien años, vivía un gran número de españoles –vascos y gallegos, principalmente. Y resulta que el que regentaba la tercera sastrería recién abierta en esta concurrida e inmunda calle cerca de los puentes de Manhattan y Brooklyn, era Xan, un gallego, no se sabe si orensano o coruñés, que para los efectos de la historia, lo mismo da.  Ese jueves por la noche, en la cocinas, en las escaleras de incendio, hasta en los tejados de los tenements, no había otro tema de conversación:   todo el barrio estuvo pendiente de cómo fuera a reaccionar el sastre gallego a esta guerra de los rótulos.

El tercer día –viernes– cuando llegó Xan a su tienducha por la mañana, ya se había formado un corrillo de desocupados cerca de la puerta, ansiosos de saber qué pondría el gallego en su anuncio, como si se tratara de una pelea de boxeo entre tres.  Cuando el sastre gallego llegó a la entrada de su local, sacó del bolsillo un minúsculo papel y, sin grandes ceremonias, lo pegó en el cristal de la puerta del negocio. Entró sin más, y se puso a trabajar.  Los curiosos en la calle se miraron entre sí, sorprendidos, más curiosos todavía; y tuvieron que acercarse mucho para poder leer lo que ponía el modesto cartelito del gallego Xan.

Ponía: “El mejor sastre de la manzana.”

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Ver las fotos de Alberto Martí, de las partidas y despedidas de tantos gallegos en los puertos de Galicia, verlas, decía, montadas en Ellis Island, el lugar de las llegadas, y entradas, resulta un tanto desconcertante.  Se trata del  desconcierto sugerente y productivo de ver “Os adeuses, los adioses” instalados en el lugar de “As benvidas, las bienvenidas”.

En varias fotos de Martí, llama la atención en particular el protagonismo que cobran  las espaldas de los retratados; solemos asociar la carga emotiva, afectiva de las fotos con las caras expresivas; pero aquí, a pesar de la ausencia de rostros –o quizá a causa de esa misma ausencia– las fotos tienen un impacto emocional muy especial. Sería difícil encontrar otra foto sin rostros con más fuerza patética que esta; arrimados al borde del fin del mundo, ante el precipicio de los momentos decisivos, irreversibles, nos identificamos en muchas de las fotos de Os adeuses con aquellos que se quedan atrás, con los que se despiden de los que se van, para siempre, parecería.

Llevamos ya más de diez años digitalizando y estudiando los archivos familiares de los españoles que emigraron a Estados Unidos.  Y tras contemplar las fotos de Martí, he llegado a sentir a veces que el archivo de miles de imágenes que voy montando con mi colaborador Luis Argeo forma en su conjunto casi un perfecto contraplano o “reverse shot” de Los adioses.  Como si nuestras cámaras estuvieran instaladas ya no en los muelles de allá, sino en la orilla de acá, documentando la llegada, las bienvenidas.

Las fotos de Martí –tan hermosas, trágicas, traumáticas– escenifican la partida como un momento definido y definitivo, irreversible: los que se van, parecería que realmente se van “a otro mundo”; como si los pasajeros fueran a cruzar ya no el Mar Atlántico, sino el Río Estigia.  Es que las despedidas, los adeuses, tienen eso. En ese momento, en ese lugar, parecería que no existe nada más allá de la herida de la separación. Sin embargo…

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(Foto cedida por la familia Losada, de Newark, New Jersey)

En nuestros contraplanos, en foto tras foto, vemos de frente a los que vienen llegando, y a veces, vemos hasta el contenido de esos baúles que aparecen cerrados y sellados en tantas  fotos de Martí. Si miramos con cuidado, con sensibilidad, podemos ver incluso los sueños e ilusiones que formaban parte de su equipaje. Y entre esos sueños, acaso doblado entre prendas de ropa y fotos de los que se quedaron atrás, encontramos el sueño de volver.  

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Foto cedida por la familia Sánchez-Alonso, de Astoria y Sada/Bergondo.

En el fondo, lo que vemos en los álbumes del lado de acá, es que aquellas partidas no son casi nunca tan definitivas como parecen en las fotos de Martí; en nuestras imágenes se mezclan y se cruzan, sin remedio, los adioses y las bienvenidas, las idas y las venidas, el aquí y el allá, este mundo y el otro. Algunos –muchos– partieron para no volver nunca, es cierto; pero esos –lo podemos palpar en las fotos– nunca se habían ido del todo. Otros embarcaron en Galicia para luego volver, y quizás, quién sabe, para volverse a marchar otra vez.  Ya no se sabe bien si iban o venían.

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Foto cedida por la familia Yglesias, de Ferrol y Brooklyn, New York.

Por algo las colonias gallegas de la zona de Nueva York se asentaron principalmente junto al agua. En el fondo, se trata de una historia de barcos y muelles, no sólo como medios de transporte, sino también como oficios, escuelas, formas de vida.

Quien puede palear carbón en la sala de máquinas minero.de un vapor transatlántico, lo puede hacer también en una mina de West Virginia, en las calderas de una fábrica de Cleveland, o en la planta eléctrica de Con Edison, que en Nueva York empleó a muchos de estos inmigrantes gallegos engrasadores y fogoneros.

Y quien sabe guisar o servir comida en alta mar lo tiene aún más fácil en la tierra firme:  los cocineros gallegos de los barcos –igual que los vascos–ocuparán un lugar privilegiado en el mundo de la restauración allá donde se apearan de aquellas ciudades flotantes que eran los vapores.

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Emilio González Dans detrás de la barra de su “diner” en Tampa, Florida.  Foto cedida por su hija, Gloria Harper Boyett.

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Andrés Sánchez, detrás de la barra de uno de sus bares.  Foto cedida por la familia Sánchez/Alonso.

Herminia Guerra, de Sada, llegó a NY en 1920, para cuidar a una sobrina, Ángela, hija de su tío, Antonio Outeda, que regentaba no una sastrería, pero sí una tienda de ropa en ese Lower East Side español.

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En Nueva York Herminia conoció a Andrés Sánchez, de Bergondo, y ya en 1925  tuvo a su cuidado una hija propia, Dolores.

Entre Sada y Bergondo, hay unas siete millas; pero Herminia tuvo que cruzar el mar, viajar 3,000 millas, para conocer a su Andresiño.

En el ‘32, desesperados con las penurias de la Gran Depresión en Nueva York, y esperanzados con la llegada de la Segunda República, Herminia y Lola decidieron volver a Sada, a probar la suerte.  Andrés se quedó en Nueva York, esperando noticias.  ¿Habría llegado el momento de volver de forma definitiva?  Pero Herminia no se quedó convencida de la estabilidad del nuevo régimen, y después de un año, acabó regresando con la niña a NY –cosa que agradecerán su nietas, las hijas de Lola, que nos han proporcionado estas maravillosas imágenes. Según la leyenda familiar, el cerdo que aparece en la foto también hizo el viaje de Sada a NY –debidamente salado y curado, se entiende.

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O consideremos el caso de José Vázquez, de Chantada, Lugo.  Tres veces se hizo retratar: en la víspera de su partida a Cuba; 20 años más tarde, en la cumbre de la buena fortuna, ante su tienda de ropa en la Calle 14 de Nueva York, en el corazón de “Little Spain”; y otros 20 años después, ya en su casa en el mismo edificio donde tenía la tienda.  

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Foto cedida por Maximino Vázquez, el gaitero.

La última foto nos dice sin lugar a dudas que reside en Manhattan; pero la gaita que ha regalado a su hijo Max también sugiere que José vive todavía en otro lugar, o sugiere por lo menos que vive entre lugares.

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“Mi padre, Emilio González Ojea, nació en Ribas de Sil (San Clodio), Lugo, en 1903.”  –Francisca González Arias.

Y es que nunca se fueron del todo, como tampoco llegaron del todo;  Construyeron aquí una Galicia quizá más palpable, en algunos aspectos, que la de allá.

Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

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Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

Y mientras tanto, nunca dejaron de cruzar el mar fotos, historias, y recuerdos… Dólares transformados en pesetas –muchas, muchísimas pesetas.

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Y ropa, mucha ropa.  En este humilde documento –uno de mis preferidos de todo nuestro archivo– vemos como Herminia llevaba casi treinta años en NY cuando preparó y envió este paquete de ropa –remendada, quizá, en una sastrería gallega del barrio– a su gente en A Coruña…

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*

Seguramente hacía algo de frío aquel día del otoño de 1925, cuando Herminia y Andrés se pusieron unos abrigos –que igual en unos años calentarían a alguien más en Galicia– para subir al tejado del edificio en el que vivían en el Lower East Side. 

rooftop.

Acababan de llegar más primos de Sada, y había que buscar la luz y el espacio necesarios para inmortalizar el momento con una foto que mandarían luego a Galicia, guardando esta copia en Manhattan.  A la azotea. ¡Patata!

¿qué nos dicen las miradas tan directas, tan de frente, de este luminoso contraplano? No escucho ni “Adiós” ni nada por el estilo.  ¿Se despiden de nosotros o nos saludan? ¿o todo lo contrario?  Nos dicen, intuyo: “Sí, es cierto, los italianos y los irlandeses eran más, mucho más. También supieron y quisieron hacer letreros más grandes que nosotros. Pero aquí estamos; aquí hemos estado.  No nos olvidéis.”   

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Nueva York, Nueva York, déjà vu de nuevo

por James D. Fernández

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Una versión ligeramente distinta de este texto salió en el suplemento cultural de La Vanguardia –Cultura/s– de Barcelona el 29 de diciembre de 2018.

La nueva novela de María Dueñas, Las hijas del capitán, ambientada entre los inmigrantes españoles que vivían en Nueva York en los años ‘30, se añade a un extenso y variopinto catálogo de libros escritos por españoles sobre la Gran Manzana.  James D. Fernández, catedrático de literatura española de New York University, reflexiona sobre algunos de los textos fundacionales de la tradición.

“Es imposible visitar la ciudad de Nueva York y verla por primera vez.” Este lugar común sobre el más común de los lugares lo comprueban los miles de pasajeros –consumidores todos ellos de cine, televisión e internet– que aterrizan cada día en el aeropuerto JFK. Pero la fuerte sensación de déjà vu que sobrecoge a los viajeros actuales cuando ven desde el avión –sin papel o pantalla de por medio– la icónica skyline, o cuando ya en tierra se suben a su primer taxi amarillo, la vivieron también a su manera los que llegaban en barco hace un siglo, allá cuando la ciudad apenas iniciaba su vertiginoso ascenso hacia la categoría de capital mundial.

La transformación de esta pequeña aldea indígena, luego holandesa, después inglesa, fue un proceso largo y paulatino. Pero, en realidad, fue sólo hace un siglo, a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando Manahatta/Nueva Amsterdam/Nueva York dio sus primeros pasos de gigante –pasos de King Kong, pongamos– hacia su estatus de auténtica cosmópolis, y de modelo inagotable de historias e imágenes que nacerían tan locales como universales. Los escritores, comerciantes, inmigrantes y turistas que acudían a la ciudad en aquellos años en torno a la Gran Guerra también podían llegar ya con el equipaje mental cargado de imágenes preconcebidas, gracias a la literatura, la fotografía, las revistas ilustradas, y, cada vez más, a la incipiente industria cinematográfica, tan vinculada, mucho antes que a Hollywood, a la ciudad de Nueva York. “Aquí es donde se ven las magníficas piernas de la mecanógrafa que vimos en tantas películas”, escribe Federico García Lorca a su familia granadina desde NY en 1929, “el simpatiquísimo botones que hace guiños y masca goma, y ese hombre pálido con el cuello subido que alarga la mano con gran timidez suplicando los cinco céntimos”.

García Lorca era sólo uno de los muchos españoles que llegaron a la ciudad en los años 20 y 30, atraídos todos por las fascinantes imágenes de la megalópolis. Los españoles que (re)visitaron NY por primera vez en el período de entreguerras poseían una particular doble visión. No sólo podían cotejar lo que habían visto antes en los medios con lo que veían ahora a ojo pelado; también disfrutaban de una peculiar forma de déjà vu histórico. Como ciudadanos de un país que tenía todavía muy fresca la memoria del final de su propio imperio, estos españoles llegaban a NY/Estados Unidos predispuestos no sólo a buscar los rescoldos de la presencia española de este lado del charco, sino también a percibir y acaso criticar las maneras “imperiales” que ya apuntaba el país, y en especial su “Empire State”. Es decir: al escribir sobre Nueva York, no dejaron nunca de escribir sobre España.

“Al escribir sobre Nueva York, [estos autores españoles] no dejaron nunca de escribir sobre España.”

Gracias en buena medida a esta “conciencia imperial”, los testimonios neoyorquinos que han dejado los viajeros españoles son particularmente valiosos. Julio Camba y José Moreno Villa también visitaron la ciudad en la misma época que García Lorca, por motivos muy distintos. Los tres dejaron textos diferentes entre sí pero, sin pretenderlo, sentaron las bases y establecieron las pautas y el temario para una biblioteca extensa y todavía creciente de textos sobre Nueva York escritos por españoles (ver ejemplos). Al mismo tiempo, ofrecieron una serie de observaciones y atisbos sorprendentemente vigentes todavía para quien quiera volver a ver la ciudad por primera vez.

José Moreno Villa, Pruebas de Nueva York

Poeta, pintor, crítico de arquitectura, archivero, José Moreno Villa (Málaga, 1887- Mexico 1955) viajó a Nueva York en 1927 por un motivo muy peculiar. Este soltero casi cuarentón, que llevaba diez años viviendo como tutor en la Residencia de Estudiantes de Madrid, se había enamorado de una joven estadounidense, de familia judía, que realizaba estudios en España. Hizo el viaje a Nueva York con la esperanza de conseguir el visto bueno de los padres de la mujer para casarse con ella. El encuentro no dio el resultado deseado, y poco después, Moreno Villa volvería a Madrid sin novia, pero con un manuscrito de reflexiones sobre Nueva York, que sus amigos guasones no tardarían en titular, con un guiño al célebre poemario neoyorquino de Juan Ramón Jiménez, “Diario de un poeta recién divorciado.” Al reunir y publicar el texto en Málaga a finales de 1927, Moreno Villa le pondría el título de Pruebas de Nueva York.

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Ilustración del lápiz del mismo Moreno Villa, en Pruebas de Nueva York.

La “prueba” no superada del desposorio no aparece de manera explícita en el libro, aunque para el lector que conoce el caso, recorre el texto entero como fondo silencioso. Porque en su descripción y análisis de la ciudad, Moreno Villa opone a cada paso dos mundos aparentemente incompatibles: el del señorío español vs. el de la inquietud de la “metrópoli judía” de Nueva York. No cuesta mucho ver cómo una incompatibilidad (la de los países) se solapa con otra (la de la pareja). En las páginas preliminares del libro Moreno Villa confiesa que le interesa en particular “ese mundo ultramarino que invade en muchos órdenes nuestra vida, nuestro territorio y nuestro pensamiento”; es decir, aquí y a lo largo del libro, confunde, casi a modo de alegoría, los procesos geopolíticos con los vaivenes de su propio corazón, reconociendo que el imperio de la inquietud amenaza con desplazar al imperio del señorío en los dos ámbitos.

Fino observador siempre del ambiente físico que le rodea, Moreno Villa presta mucha atención a pequeños detalles –los llama “nimiedades”. Se fija, por ejemplo, en la gran variedad de resortes de los grifos que hay en los depósitos de agua, y de esos detalles busca sacar conclusiones generales “sobre los resortes psicológicos de la gente”.

Resulta ejemplar en este sentido la lectura que realiza Moreno Villa de las escaleras de incendio que adornan –o estropean, según– las fachadas de tantos edificios de la ciudad. Estas aparatosas plataformas y escaleras de hierro, que ofrecen una segunda salida de emergencia, fueron casi siempre añadidas, con criterios más pragmáticos que estéticos, muchos años después de la construcción de los edificios, en cumplimiento de normas municipales posteriores. Las estructuras, ahora icónicas, en sus orígenes interrumpían y afeaban el paisaje natural de la ciudad; sólo con el tiempo, como los toros de Osborne en la campiña española, llegarían a convertirse en elementos genuinos –esenciales, incluso– de ese mismo paisaje. Ya en 1917, Juan Ramón Jiménez se había quejado amargamente de estos armatostes en la casa donde se quedaba en Greenwich Village. “Está enjaulada la ciudad en las escaleras de incendio […] ¡Que me quiten de mi balcón la escalera mohosa […] Yo quiero tener en mi casa la primavera, sin posibilidad de salida. ¡Prefiero quemarme vivo, os lo aseguro!”

En Moreno Villa la crítica estética que hace Juan Ramón a los fire-escapes se convierte en observación tanto etnográfica como confesional: encuentra en la imagen no solo una descripción de su dilema vital tras el fracaso de su proyecto amoroso, sino también una distinción esencial entre España y Estados Unidos:

¿por qué no decir que el miedo al fuego es una característica anglosajona, y que tanto se teme aquí el fuego material como el sentimental. Todas las casas tienen escaleras de escape, para burlar el fuego, y todas las personas deben estar provistas de ese concepto inglés intraducible, llamado good sport, que sirve para resbalar sobre el fuego sentimental, para burlar el dolor. Good sport es quien resiste la adversidad sin un asomo de sufrimiento; quien termina un proceso doloroso como un juego.

Julio Camba, La ciudad automática

El periodista, crítico gastronómico y humorista Julio Camba es autor de dos de los libros más perspicaces y graciosos jamás escritos por un español sobre Estados Unidos y Nueva York. Un año en el otro mundo es el fruto de un viaje que hizo al país en 1917, invitado por la Fundación Carnegie a formar parte de una delegación de periodistas internacionales, y La ciudad automática es una serie de viñetas y reflexiones realizadas tras el viaje que hizo a Nueva York en 1931.

Poseedor de ingenio y malicia a partes iguales, Camba es experto en citar un lugar común para luego desmontarlo, siempre con humor y muchas veces de forma bastante convincente. En las páginas de La ciudad automática, por ejemplo, sostendrá que la Ley Seca ha favorecido la elaboración de buenos vinos en Estados Unidos, y que por menos de un dólar se come bien en Nueva York ya que “la comida en América no empieza a ser mala más de los dos dólares y medio para arriba.” Viendo el fenómeno de los desempleados que venden manzanas en las esquinas de la ciudad durante la Depresión, razona: “a los desocupados ningún empleo les había producido nunca tanto dinero como el empleo de desocupados”. Y sostiene, entre burlas y veras, que en Nueva York un español puede conocer su propio país mejor que en España.

Registra con su habitual agudeza y humor la creciente y diversa presencia hispana en Nueva York. Observa que “los restaurantes, por su parte, no serían considerados como restaurantes españoles si, junto al arroz valenciano o la escudella catalana, no incluyesen en la carta los tamales, el churrasco, el mole de guajolote, el chile con carne, la barbacoa, el sibiche, el chupe de camarones y demás platillos o antojitos hispanoamericanos”. Acto seguido, amonesta a sus lectores en España:

Y si usted, amigo lector, considerase algo bárbara esta nomenclatura, yo no podría por menos de lamentarlo, porque con ello demostraría, no que es usted español, sino que lo es usted muy poco, que tiene usted de España un concepto peninsular exclusivamente y que carece usted de conciencia histórica nacional.

Esta conciencia histórica, si en efecto le falta a usted y quiere usted adquirirla, en ninguna parte podrá lograrlo mejor que en el barrio de Nueva York a que me refiero, donde se encontrará usted, en pequeño, con una España muy grande.

En La ciudad automática el déjà vu imperial no podría ser más explícito; resulta que el autor ya ha visto Nueva York… en la Sevilla de los Austrias: “Hoy, los Estados Unidos se encuentran en una situación bastante semejante a la de España en los comienzos del siglo XVI, cuando, terminada la reconquista y con todo el oro de América en sus gavetas, España era árbitro del comercio del mundo y el Nueva York actual no deja de tener grandes analogías con la Sevilla agitada, turbulenta y cosmopolita de entonces. Lo que fue de aquella España ya lo sabemos. Veremos ahora lo que será de esos Estados Unidos”.

García Lorca, Poeta en Nueva York

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Auto-retrato del poeta en NY.

García Lorca cree ver o prever la respuesta a la pregunta lanzada por Camba. El poeta llega a NY en junio de 1929, huyendo de una serie de crisis personales, acaso de una depresión. Mal momento y mal lugar para huir de crisis y depresiones. A los pocos meses de desembarcar en los muelles del Hudson del SS Olympic (hermana del SS Titanic, por cierto), le tocaría presenciar el Crack de Wall Street y el inicio de la Gran Depresión. La huella literaria de su paso por NY tiene dos vertientes principales, poco reconciliables: un nutrido epistolario con cartas relativamente optimistas y entusiastas –a veces hasta pueriles– dirigidas a sus parientes y amigos en España; y un poemario oscuro y angustioso, publicado póstumamente con el título de Poeta en Nueva York.

En más de ocasión, Federico alude en el epistolario a las películas que pueden haber visto sus interlocutores españoles: “es igual que en el cine.” Tras visitar un templo de la comunidad sefardita en el Upper West Side, comenta en una carta a sus padres que las caras de los descendientes de españoles judíos expulsados que asisten al servicio les resultarían del todo familiares, por su parecido a ciertos vecinos granadinos. Y sin darle mucha importancia, sin preguntarse mucho por su por qué, el poeta deja constancia a lo largo de sus cartas de una amplia red de españoles, hispanohablantes e hispanófilos por la que se mueve con gran facilidad durante sus meses en NY. Prueba de ello: apenas aprende inglés.

Pero es en el poemario donde se deja sentir, entre líneas, una aguda conciencia post-imperial lorquiana. Poeta en Nueva York es un libro difícil y denso; resiste sistemáticamente cualquier interpretación reduccionista. De hecho, el lector del conjunto de poemas es sometido a un torrente de imágenes muy parecido al bombardeo de estímulos que agrede al extranjero que visita NY. Tanto el lector como el viajero se instalan a la fuerza en la misma frontera –tan incómoda como excitante– entre lo comprensible y lo incomprensible, lo conocido y lo desconocido, lo ya visto y lo invisible. Resulta por lo tanto difícil –e inoportuno– atribuirle al poemario una estricta coherencia temática o conceptual. No obstante, sí hay tendencias identificables, y una de las más notables de Poeta en Nueva York es la de invitar al lector a imaginar no tanto la ciudad en sí –con su arrogante verticalidad y sus fríos ángulos rectos– sino lo que había antes en su lugar, y lo que habrá después, cuando deje de existir.

Porque resulta que debajo del asfalto, cemento, acero y cristal, late todavía, esperando en acecho la oportunidad de reclamar el espacio que los hombres blancos le han usurpado temporalmente, un vasto reino animal y vegetal. De forma sumamente problemática, aunque para él, sin duda, elogiosa, exaltadora, Federico parece incluir en ese mundo telúrico a los afroamericanos. Mientras todavía se levantaba el Empire State Building, como aquel peregrino de Quevedo que buscaba sin éxito a Roma en Roma, García Lorca ya está atisbando una Nueva York  post-desastre, post-apocalíptica.  Su poemario es la crónica de su paso por otro imperio convertido en ruinas, algo ya muy visto. Sólo lo fugitivo permanece y dura.

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Algunos herederos del déja vu

María Dueñas, Las hijas del capitán, 2018

En esta novela cuidadosamente documentada, Dueñas recrea las texturas de los barrios hispanos de NY durante los primeros meses de 1936.    

Continuaron andando hasta llegar a un pedazo de asfalto que, con otros nombres y otros rostros, volvía a desprender un pulso familiar: la calle Catorce en su tramo entre la Séptima y la Octava avenida, haciendo bisagra entre Chelsea al norte y el West Village al sur. Allí se asentaba otro núcleo de compatrio­tas; quizá no armaran un enclave tan compacto como el de Cherry Street y alrededores, pero su existencia evidente se no­taba en los letreros de algunos negocios, en las voces altas de un par de corrillos, en los saludos entrecruzados, los gritos de las madres llamando a sus hijos desde las ventanas y en el as­pecto inconfundible de unos cuantos ancianos que fumaban silenciosos sentados en los escalones de los portales.

Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, 2004

Gran conocedor tanto de NY como de la tradición de escritores españoles que han escrito sobre la ciudad, Muñoz Molina también escribe sobre España cada vez que escribe sobre NY.

En España el peor insulto que puede recibir quien escribe libros o hace películas, quien se dedica a cualquier forma de arte, es que se la llame localista, o costumbrista. En Nueva York uno se da cuenta de que el arte americano, que en cualquier parte del mundo se percibe como universal, es de un localismo extremo, y sus cualidades universales o abstractas proceden de nuestra lejanía hacia los motivos, los escenarios y las experiencias que lo alimentan.”

Carmen Laforet, Paralelo 35, (1967)

En el viaje que hizo a EEUU a mediados de los 1960, la autora de Nada buscaba señales de la presencia española en el país.

De pronto me encontré en un local, un restaurante como hay muchos en Madrid. Era puramente España. La decoración, paredes encaladas, un vago aire andaluz, el mostrador de cinc, dos hombres tocando la guitarra y ninguna mixtificación de ambiente…

Nos sentamos a la mesa para tomar un aperitivo. El camarero que nos servía era gallego y contó algunas aventuras que le habían sucedido en su larga vida en Nueva York…

Mientras servía vinos y aperitivos españoles, el restaurante se fue animando con gente tranquila que hablaba español e iba a cenar…

La manera de hablar fuerte, las risas la guitarra, las aceitunas, las rajas de chorizo, los manteles, todo era España. En otros barrios les ocurre lo mismo a los alemanes, a los polacos a los irlandeses, a los chinos… En Nueva York hay sucursales de todos los países del mundo…”

Josep Pla, Weekend (d’estiu) a Nova York (1954)

Abundan las agudas observaciones de Pla en esta crónica de unos pocos días que pasó en NY a principios de los años ‘50; Pla llegó en barco, pero ya empezaban a llegar por avión más y más de los visitantes de NY.

Contemplo llarga estona les superbes estructures i he faig entre un grup nombrós de viatgers que arriven a Nova York, com jo mateix, per primera vegada. Observo les seves reaccions i veig que segons les persones son diferents. Hi ha persones que han vist centenars i centenars de films una gran part dels quels contenen aquestes imatges que ara tenim davant. I bé: aquestes persones no queden, davant de l’espectacle, tan fascinades como jo, per exemple, que, pel fet de no anar mai al cinema i viure al camp, em trobo més candorosament i ineditament preparat per a rebre el seu impacte. Per ells, aquestes formes viuen en la seva memoria cinematográfica. Per mi són una realitat que s’imposa a través d’un xoc directe i primigeni…”

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Spaniards and Soccer in St. Louis, MO

This gem of an article, from the St. Louis Post-Dispatch (1934), reminds us of the importance of the Spanish colony of St. Louis and East St. Louis, and of the significant role played by Spaniards in the development of the relatively new sport of soccer in the early decades of the twentieth century.  We’ve had the pleasure of interviewing descendants of many of the players cited in this article, and of digitizing their amazing family photos, some of which we reproduce here.

St. Louis Post-Dispatch

Sunday Morning, November 11, 1934

MORE THAN 100 SPANISH PLAYERS IN ORGANIZED SOCCER HERE:  SIX WILL SHOW IN PRO CONTEST TODAY

by Dent McSkimming

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Photo courtesy of Marlene Suárez.

Scanning the probable starting lineups of the Ben Miller and Hellrun-Grimm teams, which met this afternoon in a St. Louis Soccer League match, at Sportsman’s Park, one finds six players of Spanish extraction.  In view of the fact that St. Louis is not notable for the extensiveness of its Spanish colony, this predominance of Spanish names is perhaps worthy of a little explanation.

Here are the players who, in all likelihood, will give a Spanish flavor to the game:  Julio Gonzales [sic], Arturo Garcia and Luis Garcia of the Hellrungs: Manuel Cueto, José Díaz and Arturo Díaz of the Millers.

There are, furthermore, José Rodriguez and José Garcia, with the Marre club, and until a week ago Cecil Rodriguez was with the Centrals, so that there were Spanish boys on every club in the league and almost in sufficient number to form a good team.  With the possible exception of Art Diaz, every one is regarded as a star and a regular player with his club, and several are ranked with the best players in the league.

This array of teams, averaging 18 players a club, represents the most extensive attempt to develop soccer players that has been made by any single group in this community, possibly in the country,  There are, each week, one hundred of more Spanish-American soccer players in active competition here.

Graduates of Same Club

6All of these players graduated to the professional league through the same channel namely the Spanish Sport Club, which is the athletic branch of La Sociedad Española, center of the social life of the Spanish colony here and in East St. Louis.  The Society sponsors four amateur clubs playing in St. Louis and supplies the players who compose two more teams in East St. Louis.  On this side are La Sociedad Española, in the senior division at Carondelet Park, the American Zinc, playing at Forest Park, the Caballeros I, in the junior division of the Municipal League, and the Caballeros II, in the Community House League.  On the other side of the river are the Waverly Club and the Unions.

This array of teams, averaging 18 players a club, represents the most extensive attempt to develop soccer players that has been made by any single group in this community, possibly in the country,  There are, each week, one hundred of more Spanish-American soccer players in active competition here.

Sampson, Linda 11Since they are all striving toward the same goal —development to the point where they will be sought by professional clubs, the success of their efforts may be fairly judged by what they are accomplishing in the St. Louis Soccer League.  If all nine of the players above named could be grouped on one club and their ranks augmented by two others of established skill, possible Henry “Red” Diaz, now with the American Zincs, and Joe Menendez, now attending Illinois Wesleyan College, they would form a team which would make a favorable showing against any professional club in this country.  Menendez, not yet well know to St. Louis fans, was at center halfback for the Spanish club which lost to the Holy Rosary team in the Junior championship last spring.

All Players Developed Here

One of the striking things about these young Spanish-Americans is that all learned their soccer here.  In fact, all except Joe and Henry Díaz, who are twin brothers, were born in or near St. Louis.  The twins were born in Spain.  Joe Rodriguez, goal tender for the Marre club, is the only one of the group who has had the benefit of seeing a great deal of European soccer.  He spent a couple of years in Spain after leaving college.  Spanish football fans believe they have the world’s greatest goal tender in Zamorra.  Rodriguez patterns his game after that of Spain’s idol.

Soccer received its initial stimulus in the then very small Spanish colony here in about 1908-09.  Down on South Broadway, grouped close about the 7200 block, in the shadow of the zinc furnaces, were a number of Spanish families, many of them recent arrivals, and almost all from the northwest portion of Spain.  At the time they left their native land, where they were largely engaged in mining and smelting works, they had developed a liking for soccer, a game which was sweeping the country.  In seeking recreation here they turned to a game with which they were familiar. Hence, one José García, now dead, and Dan Menendez, a tavern proprietor on South Broadway, had no difficulty getting volunteers for a team which was given the typically Spanish name “Asturias.”  They entered a league which played its games on Sunday afternoons on grounds just east of Manion’s Park.  In that Asturias club, cornerstone of the present day widespread organization, were Tirso Diaz, Manuel García, Jack Menendez, Emilio Prado, Henrico [sic] Fernandez, C. Busto, F Valdez (whose son is nos playing with La Sociedad Española club), Henry Menéndez (first Spanish player to join a professional club here), Joe “Pepe” Garciá (deceased), Dan Menendez, the leading spirit of the soccer movement, and J. Fernandez.

Formation of the Municipal Soccer League in the season 1912-13 gave the Spanish lads a chance to further develop their new club and they have been at it ever since, and in recent years they have progressed to the point where they are having a very strong and healthy influence on the local professional game, even to the contribution of a referee, Prudencio García, a Municipal League official and one of the best in the city.  Soccer is one of the chief concerns of the growing Spanish colony and the measure of success the effort has enjoyed is certain to stimulate further interest and further growth.

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Sav(or)ing the Traces of Spain in the US: Café Bustelo

So what’s left? is very often the question we get once we’ve described –to college classes, conference attendees or documentary audiences– the diaspora of tens of thousands of Spaniards who put down roots all over the US in the late nineteenth- and early-twentieth centuries.

The visible, tangible legacy of this relatively unknown chapter of the shared history of Spain and the US, is somewhat scarce.  We can point to the built environment of Ybor City and West Tampa in Florida  –a handful of buildings, cemeteries and monuments that, to the trained eye, might tell the story of the Spanish cigar workers who helped make Tampa what it once was.  Or we can gesture toward a couple of remaining structures in New York’s West Village –the headquarters of La Nacional, a Spanish benevolent society founded in 1868, or the building of Nuestra Señora de Guadalupe church, which was founded in the early years of the XXth century to minister to the neighborhood’s burgeoning population of immigrants from Spain.  The Spanish Society of Saint Louis, MO still keeps up the building purchased by the immigrants, who worked in the nearby zinc factories, almost 100 years ago.  But in so many other parts of the country, “what’s left” of this historical experience lives mainly in the hearts, minds and family archives of the descendants of the immigrants.  That’s one of the reasons why we so often refer to our protagonists as “invisible immigrants.”

Some markers of this history, though, are actually out in plain view, right in front of us, though they often go unrecognized because of a lack of awareness and information.  How many consumers of Goya Foods or Bustelo Coffee, for example, know that the founders of those companies hailed from the Iberian Peninsula?  To tell the story of these iconic latino brands, we need to immerse ourselves in the early years of the twentieth century, when substantial numbers of Spanish immigrants were arriving and setting up businesses amidst the arrival of much larger numbers of Spanish-speakers from other countries.

Get out the coffee pot…

Did you know…

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Courtesy of the Mora family.

…that in 1929, Gregorio Bustelo, a Spaniard –born in Luarca, Asturias– who had emigrated to Cuba before settling in New York, opened the Bustelo Coffee Roasting Company at 1364 5th Avenue, between 113th and 114th Streets, right in the heart of a neighborhood that at the time was already well on its way to becoming thoroughly Latin?

Bustelo developed a signature blend and roast, catering to the tastes East Harlem’s coffee lovers, that would grow into an iconic product and brand for generations of latinos all over the United States.

…that East Harlem had begun welcoming a major influx of people from Puerto Rico and other latinos during and after World War I?

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José Mora, of Tormón, Aragón, at his Fifth Avenue Hardware store, directly across the street from Bustelo’s first store.   

Puerto Ricans had been granted US citizenship during the war, in part to make them eligible for the draft. Around the same time, significant numbers of people from the island began migrating to New York, many of them settling in what until then had been primarily an Italian, African- American and Jewish neighborhood.  Smaller but substantial numbers of Cubans, Spaniards and other Spanish-speakers also moved into the neighborhood in those years; so many, in fact, that the language that they all shared gave rise to the neighborhood’s new names: Spanish Harlem and El Barrio.  

…that like Gregorio Bustelo, many of the small business owners of El Barrio had been born in Spain, or were children of Spaniards who had emigrated to Cuba or Puerto Rico?

Fifth Avenue Hardware, right across the street from Bustelo’s storefront, for example, was run by two Spaniards, best friends from Aragón who emigrated to New York and ended up marrying two sisters from Puerto Rico.  In fact, the only known photograph of the original Bustelo storefront appears in a family photo taken by the hardware store owners around 1931.

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Ads for some of the small businesses on the stretch of 5th Avenue between 110th and 116th Streets, 1930-1940.  With the exception of Taty Music Store (whose owners were Puerto Rican-born children of Spaniards, these were all owned and run by Spanish immigrants.

 …that Valencia Bakery  was a mom-and-pop bake shop run by immigrants from Valencia, Spain,  just next door to that hardware store, and just across 5th Avenue from Bustelo’s?

Good coffee always calls for good baked sweets, and vice-versa; the pairing of Bustelo’s rich and dark espresso brew with the Valencia’s pastelillo de guayaba, a kind of guava turnover, was –and is– a match made not in heaven, but in Harlem, Spanish Harlem. Oldtimers still remember –and still savor– this winning combination. Tasting them today is probably as close as we’ll ever get to time-travel.

…that La Marqueta, a food and dry goods market  serving El Barrio’s growing latino population, hosted at its peak, more than 300 vendors?

The Metro North railroad viaduct that runs down Park Avenue was completed in 1897; the open stretch beneath the viaduct between 111th and 119th Street had been home to informal pushcart markets almost since then. In 1939, Mayor Fiorello Laguardia officially inaugurated the Park Avenue Retail Market, which the locals, in perfect Spanglish, immediately dubbed La Marqueta.  It quickly became a hub of barrio life, and it is currently being revitalized, by innovative latino businesses like Sprinkle Splash Bakery.

…that Casa Latina is a surviving example the kinds of music stores that in the 1920s, 30s, 40s and 50s, were crucial businesses in ethnic neighborhoods like El Barrio?  

Back in the day, not only would these stores sell recorded music, sheet music, radios, gramophones, record players and musical instruments, they were also often meeting places for musicians looking for work and for band leaders looking for instrumentalists for performances or recordings. Later on, before Ticketmaster and its followers, music stores like Casa Latina would even sell tickets to concerts and shows. Representatives of the major record labels stayed in close contact with El Barrio’s music store owners, not just to urge them to promote the music they were producing, but also to learn from them about evolving musical tastes and preferences in the neighborhood. Some music stores were even headquarters for record labels.  Because the confluence in El Barrio of musicians from all over the Spanish-speaking world, in close contact with musicians working in jazz and other American musical idioms, would give rise to new latin musical forms like salsa.

The unofficial national anthem of Puerto Rico, “Lamento borincano” was composed in a music store in El Barrio in 1929, by Rafael Hernández,  an afro-Puerto Rican who, with his sister Victoria, ran Almacenes Hernández, a legendary shop at 1724 Madison Avenue.  It’s probably not too much of a stretch to imagine Hernández sipping Bustelo coffee as he scribbles down the lyrics, notes and chords of this now mythical song. Before settling in New York, Hernández had performed in Europe in the military band attached to the famous Harlem Hellfighters (369th Infantry) that fought in World War I.  This band is often credited with introducing jazz music to Europe.

Gregorio Bustelo was known to sponsor stage shows and radio broadcasts of the new music that was brewing on the streets of Spanish Harlem.

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Andrés Sánchez (center) and Manuel Guerra (right), the gallego owners of the Bar Central (Fifth Avenue and 11th Street) with Puerto Rican composer and crooner, Bobby Capó, c. 1945?

…that just a few blocks north of Bustelo’s store, on 5th Avenue and 116th Street, there was a massive movie palace known at different points as the Teatro Hispano or the Teatro Cervantes?  And that just a few blocks south, another Spanish-language theater attracted latinos from all over New York and the tri-state area? 

The Teatro Hispano was once known as the Mount Morris Theater, originally a venue for yiddish-language vaudeville, starting in the 1920s.  East Harlem locals and Spanish-speakers from all over the city would flock to El Barrio to catch the Spanish-language stage shows and film screenings, that featured artists and films from all over Spain and Latin America. In 1934, the “King of Tango,” Carlos Gardel, one of the world’s first true megastars, attended the opening of his film “Cuesta Abajo” at the Teatro Hispano, along with an overflow crowd of several thousand people.  Legend has it that Gregorio Bustelo would keep  newspaper clippings of the show-times by the cash register of his store, to be prepared for the brisk business that would ensue every time a show let out.teatrosanjose1930.

Many of our Spanish immigrants owe their commercial of professional success largely to the clientele made up of their Spanish-speaking “brothers” or “cousins” from Spanish America.  And this holds true not only for entrepreneurs in the food and beverage industry, like Gregorio Bustelo and Prudencio Unanue, the founder of Goya Foods. Because many other prosperous Spanish immigrants –in the hospitality industry, in music and entertainment, in language teaching or bilingual education, for example–owe their success in large measure to the patronage of the large number of latinos who arrived to the US from countries other than Spain. The commingling of Spaniards with Puerto Ricans, Cubans, Mexicans, Dominicans and other Spanish-speakers is a key part of the story we’re struggling to reconstruct and understand.

So brew yourself a cup of espresso, close your eyes, and savor a bit of what’s left of this almost lost world.

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More Paulino Ghost Sightings

Chatham Township, NJ, 27 October 2018

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Historical marker on River Road, Chatham, Township, NJ reads:  Bey’s Boxing Camp, Circa 1920-1960:  “After managing Lightweight Champion of the World Freddie Welsh’s nearby Health Farm, Madame Hranoush Bey ran a world-renowned training campe on this site.  Gene Tunney, Sugar Robinson, Floyd Patterson, Max Schmeling were among the famous fighters trained here.”

Basque heavyweight boxer Paulino Uzcudun (1899-1985) prepared for several of his New York bouts at a training camp here about 30 miles west of the city, run by a remarkable immigrant woman born in Constantinople around 1881:  Hranoush Aglaganian, alias “Madame Bey.”  Today we visited the site of Madame Bey’s “Home to Boxing Legends” with Uzcudun’s granddaughter, Paola,  and just a few miles away, in New Providence, we interviewed Gene Pantalone, the author of a wonderful book that vividly and painstakingly recreates the story of this camp and its larger-than-life owner and residents.

Version 2

Gene Pantalone, author of Madame Bey’s Home to Boxing Legends, with a copy of Paulino’s 1933 memoir,  Mi vida.

For a couple of hours, as Paola Uzcudun swapped images and anecdotes with the encyclopedic Gene Pantalone, a sharp picture of the Golden Age of Boxing emerged: the antics and epics of that impossibly colorful cast of immigrants and schemers, dreamers and misfits, who a century ago, did their roadwork along the Passaic River, and sparred in Madame Bey’s outdoor ring, nestled among the oaks and elms of New Jersey’s Orange Mountains.

Throughout his book, Pantalone captures the humor and pathos of the world of pugilistic cosmopolitanism –a film waiting to be made– that reigned at Madame Bey’s place:

“The reporter, Holmes, needed an interpreter to question Paulino.  The interpretation process became complicated.  Holmes spoke English to sparring partner Gitlitz to tell him what he wanted,  In a mixture of French, English, and sign language, Gitlitz talked to Arthus, Paulino’s manager.  Arthus questioned Paulino, who then answered.  In cases of extreme difficulty, Pierre Gaudon, a French middleweight, intervened and tried to resolve misunderstandings. Paulino’s answer took the reverse path…”

It would be hard to exaggerate the importance that boxing enjoyed in the 1920s and 30s, not just as a sport or as a constant source of celebrity gossip, but also as a gallery of heroes and villains, particularly for communities –racial, ethnic or national communities– jostling to establish their identities and their prestige on the streets of New York, Boston or Chicago, as well as in the boxing ring of History, of Posterity.  Though often neglected, the community of Spanish-American immigrants is no exception.  The coverage of laprensa,paulino..jpgPaulino’s career in the US Spanish-language press of the period makes it abundantly clear that Spanish immigrants imagined boxers like Uzcudun as representing the traits and values of their community. In fact, New  York’s “La Prensa” used its extensive coverage of Paulino’s preparations and fights as selling points to potential subscribers; and on the days of important bouts, the editors would have to plead with their readers not to jam the newspaper’s phone lines with calls inquiring about the progress and outcome of the fight!

Weekend excursions from Spanish enclaves to the boxer’s training camp were not at all uncommon, like this one to Madame Bey’s, quaintly described on the pages of La Prensa:

Last Sunday, under the command of Mr. Valentín Aguirre, a caravan of four automobiles full of friends of Paulino Uzcudun left New York.  Loaded down with casseroles of bacalao a la vizcaína (and its appropriate accessories), thePU_BEYCAMPWDelaney27 delegation’s arrival to Madame Bey’s farm in Summit, New Jersey was a real and pleasant surprise for everyone, especially given the delectable treats that the committee brought with them, prepared just for the occasion by Mr. Julian, the chief engineer aboard the ship Cabo Villano.

Those in attendance were: Valentin Aguirre, Juan Zabal, Tomás Aguirre, Bonifacio Arrezabalaga, Captain of the Cabo Villano; Delfín González, representante de La Prensa; Raúl Ortega Elquezada , Laureano Sanjurjo, Carlos Martínez e hijo, Ricardo Laborde, Ramón Bovarder, Anastasio Gaviña, Felipe Bilbao, Emilio Osta, Joaquín Astoresca [sic], Pedro Astarbi y otros.

The granite quarry workers of Barre, Vermont made a similar outing to visit The Basque Woodchopper when he trained in Hoosick Falls, New York, for his 1929 bout against Max Schmeling.  The trip was captured in a remarkable International Newsreel Photo from June 16, 1927:

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Spanish granite workers of Barre, Vermont, recently made a pilgrimage to the Hoosick Falls camp of Paulino Uzcudun, the Basque Woodchopper.  They are shown above cheering for the man who will fight Max Schmeling as he perches on their shoulders.  6-16-29.

Having now visited both Hoosick Falls and Chatham Township, Paulino’s granddaughter and namesake will take back with her to Spain a deeper understanding of the prominent place occupied by Uzcudun in the history of boxing, and of the prominent place that Paulino and boxing occupied in the lives of tens of thousands of Spanish immigrants in the US, just a little less than a century ago.

FURTHER READING:

Historian Brian D. Bunk insightfully explores Paulino’s story, and the place of boxing and boxers among the Spanish and  latino communities of the US in “Boxer in New York:  Spaniards, Puerto Ricans, and Attempts to Construct a Hispano Race.”

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The Ghost of Paulino Uzcudun in Hoosick Falls, NY

Hoosick Falls, New York, 13 October 2018

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Paulino in Hoosick Falls, June 1929.

We traveled today to this picturesque if rundown town some 200 miles north of New York City, with Paola Uzcudun, granddaughter of the Basque heavyweight boxer Paulino Uzcudun (1899-1985).  “The Basque Woodchopper” spent a good part of June, 1929,  training here for his championship fight again Max Schmeling, which was scheduled to take place at Yankee Stadium on Thursday, June 27, 1929.  Uzcudun himself charmingly describes his time upstate in his 1934 memoir, Mi vida:

I was assigned a training camp in Hoosick Falls, a town in New York State, several hundred kilometers from the big city.  I went there, accompanied by a veritable regiment of journalists and the best sparring partners I’ve ever had in my career.  Those who haven’t been in the US have no idea what these training camps are like for the big names in boxing; the main goal is to drum up good publicity for the bout, not so much to allow the athlete to get as ready as he can.  A reporter from each one of the region’s major newspapers, sometimes from each one of the country’s major papers, resides for two, three of four weeks at the training camp, sending daily reports on what the boxer has done over the last 24 hours.  And when they have no news to report, well, of course, they just make something up.

Hoosick Falls was the town where Mr. Carey was born.  Carey, a millionaire [who had recently become the President of Madison Square Garden…] wanted his little home town… to become well known throughout the United States.  And for that reason, of course, nothing seemed better than setting up in Hoosick Falls my training camp.  I must say, the place chosen for my preparation was truly delicious, even though it was out in the middle of the countryside, it was close to town, and paulino,hoosick,detroitnews8June1929offered all kinds of comforts.  I would go to town each day during my stay at the camp, and the people treated me to all kinds of things.  The city government, recognizing that it owed to me the growing popularity that Hoosick Falls was enjoying –every day people who had never dreamed of going there were showing up– named me an “adoptive son” of the town, which delighted me.  Everyday, caravans of my admirers from hundreds of miles all around would come to Hoosick Falls to watch me working out; on Saturdays, dozens of Spanish friends would come from New York to spend Sunday with me.  Artists, journalists, poets, men and women of all ages were constantly visiting me, and some of them would keep me company for several days.  Guitars sounded left and right, and the mellifluous voices of professional singers delighted me for hours.  Has even composed a song in my honor, which all of my friends would sing together in unison.  But during the last days of my stay at Hoosick Falls, the happiness of the first days disappeared from me, it completely abandoned me.  Because I knew that I was doomed to be defeated by Max Schmelling.”

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The Ehmler Estate in Hoosick Falls would serve as the residence for Paulino and his retinue during his training for his fight against Schmeling in June of 1929.

The estate that housed Paulino and his retinue burned to the ground in he 1980s; little is left of what the Basque woodchopper would have seen and experienced almost 90 years ago.  But for Paola, the visit was, nonetheless, poignant:

“I never thought I would actually visit the places that I’ve seen in family photos all these years.”

“It was exciting to have the chance to visit and walk along some of the very same streets and roads of the town where my grandfather trained for his fight against Schmeling, and to imagine the afternoons he spent surrounded by inhabitants of Hoosick Falls who

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Photo of Main Street, Hoosick Falls, by Paola Uzcudun, 13 October 2018.

didn’t know him, but who were thrilled to meet this famous boxer in this little town in the middle of nowhere.  I imagine them enjoying the time they spent with him while he trained for fights they would later hear about on the radio or read about in the press.  They probably couldn’t spell or pronounce the name Uzcudun, but this fun-loving Basque helped put “Hoosick Falls” into the big bold letters of newspaper headlines. The house where he trained isn’t there anymore, but it all somehow came back to life for me today, and I almost felt like I caught a glimpse of my grandfather’s golden and contagious smile in this town that once welcomed him with such joy and warmth.”

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Paulino in Hoosick Falls, June, 1929.

 

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More Gold from the Paper Mines of the AGA in Alcalá de Henares

New light on the history of New York’s Spanish-language paper, La Prensa from the Archivo General de la Administración (AGA) in Alcalá de Henares.  In Document 1, the editor/owner/founder of La Prensa writes to the Spanish ambassador in Washington and requests a subvention from the Spanish government, with the hope of  transforming the weekly into a daily. (Freedom and independence of the press have always been a relative thing, it seems) In Document 2, the ambassador forwards the petition to Madrid with an endorsement.  Stay tuned for the surprising responses…   

laprensa.1.  Al Exmo. Señor Don Juan Riaño y Gayangos,

Embajador de S.M. Alfonso XIII Ante el Gobierno de los Estados Unidos

Excelentisimo Señor:

Con el mas profundo respeto, me tomo la libertad de dirigir a V.E., la presente carta, para manifestarle en la mejor forma, los motivos poderosos que me obligan a hacerlo.

He tenido la fortuna de nacer en el glorioso suelo de España; soy nativo de Fuerteventura, Canarias, y lejos de la patria querida, siempre fué mi aspiración respetarla y servirla, con el amor sincero y desinteresado de todo buen español.

Las arduas tareas del periodismo, que desde muy joven fueron mi afición predilecta, me hicieron comprender que la forma más práctica y positiva para servir a la patria, lejos de ella, era la fundación de un periódico. Tal hice en la Habana, donde dirigí y sostuve por espacio de un año, la revista literaria “Arte”, uno de cuyos ejemplares me permito remitir a V.E. bajo cubierta por separado.

En Nueva York, hace dos años que fundé “La Prensa”, empleando para ello, absolutamente todos mis ahorros, y he tenido la satisfacción de sostener su publicación hasta la fecha, mejorando su servicio en todo lo possible, y tratando con todos mis esfuerzos de convertirla en un diario.

Hoy cuento con un redactor que ayudándome en la labor penosa y terrible que me origina la salida del semanario, me permite llevar a cabo mi patriótico deseo, pero desgraciadamente Exmo. Señor, el sostenimiento del periódico me causa gastos de tal consideración que me veré obligado a suspender su publicación, si no encuentro el apoyo indispensable para seguir adelante en mi empresa.

La adquisión de un linotipo, el aumento de dos páginas al periódico, la información gráfica en que me he esmerado y otras mil particularidades, que demuestran mi infinito deseo y el patriótico anhelo de mi corazón; me han hecho recibir muchas felicitaciones, entre ellas, la del actual redactor del semanario, hoy sudamericano, “Las Novedades”, que V.E. verá insertada en el número 39 de “La Prensa”, pero todo esto, Exmo. Señor no constituye para mi sino una satisfacción moral, siéndome doloroso confesar a V.E. que sin una ayuda material, tendría forzosamente que verme privado de seguir sirviendo a la patria, en la forma que lo he venido haciendo hasta ahora.

Por las razones expuestas, ruego a V.E. tenga la bondad de enterarse de la invocación adjunta, que hago a todos nuestros compatriotatas , suplicándole respetuosamente, Exmo. Señor, encabezar la suscrición, para que su prestigioso nombre, sirva de estímulo a todos los españoles.

Así mismo Exmo. Señor, cuan grato me sería por su valiosa mediación, que el gobierno de España tomara algunas suscripciones de “La Prensa”, cuyas columnas han estado y estarán siempre incondicionalmente a su entera disposición.

Dando a V.E. las más respetuosas excusas por haber molestado tan largamente de su delicada atención, tengo el alto honor de subscribirme su atento servidor Q.B.S.M.

Rafael Viera y Ayala

 

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Juan Riaño y Gayangos, embajador

2. Subsecretaria.

9 de Diciembre de 1914.

Excmo Señor:

Muy Señor mio: El Señor D. Rafael Viera Ayala, joven español, escritor y emprendedor, residente de Nueva York, empezó hace poco a publicar un periódico semanal titulado LA PRENSA, editado en español. En La Habana el Sr. Viera edito un periódico revista titulado ARTE, y vino a los Estados Unidos con el propósito de publicar en Nueva York un periódico genuinamente español, pues las NOVEDADES desde que dejó de ser propietario el Señor García, son mas bien una publicación Latino-Americana. El Sr. Viera se ha propuesto contrarrestar con sanas ideas las malas doctrinas publicadas por varios periódicos anarquistas que se publican en español en la ciudad de Nueva York. Por esta idea me permito trasmitir a V.E. el ruego que me ha hecho de que eleve al Gobierno de S.E. su súplica en demanda de que se le ayudara con una subvención, por pequeña que fuese, con objeto de ver si le es posible convertir en diario su publicacion. Creo que sería una ayuda que podría reportar bien a los elemenos [sic] obreros de la Colonia Española de Nueva York. He participado al Sr. Viera que recomendaba su peticion a V.E. y le agradecería tuviera a bien participarme la decision que al respecto adopte V.E.

[Transcribed by Andrés Fernández Carrasco.  Thanks to Laura Repullo Chacón]

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