La huella invisible

loscuatro.jpegLou Piniella, de Tampa, Florida, ocupa un lugar privilegiado en la historia deportiva de EEUU, por sus logros durante tres décadas como jugador y “manager” en las Grandes Ligas del béisbol. Dan Albert, de Monterey, California tras los 20 años (1986-2006) que ejerció como alcalde de su ciudad natal, es una figura casi legendaria. Ralph Abascal, de San Leandro, California, es un auténtico héroe entre los defensores de los derechos humanos en California; como abogado tenaz y astuto fue el artífice de la estrategia legal que por fin logró la prohibición del uso del mortífero pesticida “DDT” en el estado. Carmen Fariña, de Nueva York, en la actualidad dirige el sistema de escuelas públicas de su ciudad, el más grande y complicado del país. ¿Qué tienen en común estas eminentes personas nacidas a lo largo y ancho de EEUU?

Todos son descendientes de españoles que se asentaron en EEUU a finales del XIX o principios del XX. Y en realidad, sólo forman la punta del iceberg: son los descendientes más visibles de una diáspora sumergida. Porque muchas veces ni siquiera los mismos descendientes se dan cuenta de que, entre 1880 y 1930, decenas de miles de españoles acabaron buscando su fortuna en EEUU, asentándose en compactos enclaves desperdigados por todo el país, entre compatriotas, en estados como Nueva York, Florida y California, entre otros.

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Del libro Invisible Immigrants:  Spaniards in the US, 1868-1945, de James D. Fernández y Luis Argeo. invisibleimmigrants.com

En realidad, la historia de estos inmigrantes españoles en EEUU es un pequeño apartado de dos historias mucho más amplias y mejor conocidas. La primera, la historia del ingente trasvase poblacional de Europa a las Américas, que transformó de forma radical los dos continentes entre el siglo XIX y el XX. España participó en este fenómeno, “enviando” a unos cuatro millones de sus ciudadanos a las Américas, entre 1850 y 1930. La vasta mayoría de esta diáspora tendría como destino algún punto de la América de habla hispana; no obstante…

La segunda historia -estrechamente solapada con la primera- en la que habría que inscribir el fenómeno de los españoles en EEUU, es la de la emergencia estadounidense como una gran potencia “hemisférica”. El declive del imperio español a lo largo del siglo XIX -desde las guerras de independencia de principios del siglo hasta el “Desastre” del fin de siglo- coincide con la creciente hegemonía de EEUU en la región. A lo largo del siglo XIX (y también durante todo el XX), mediante inversiones, intervenciones e invasiones, EEUU irá circunscribiendo “Latinoamérica” dentro de su esfera de influencia. De tal forma que, ya para 1900, un emigrante español, una vez en La Habana, Veracruz o Buenos Aires, se podría sentir mucho más cerca de Tampa, Nueva Orleans o Nueva York que de Santander, Vigo o Cádiz. E igual que sus “primos” puertorriqueños, cubanos, dominicanos, mexicanos -que también emigraban a EEUU en estos mismos años- el emigrante español podía decidir enfrentarse a los retos -y las oportunidades- de ese nuevo y turbulento intersticio “entre imperios.”

Azúcar y tabaco

En 1898, las islas Hawái se vuelven territorio estadounidense. Los nuevos plantadores de caña de azúcar del archipiélago desean “blanquear” y estabilizar la fuerza laboral de sus plantaciones, y, por lo tanto, deciden reclutar obreros de extracción europea con experiencia en el cultivo de la caña. Importan primero a puertorriqueños y portugueses. Pero en 1907, descubriendo que hay tradición azucarera en las provincias de Málaga y Granada, y conociendo la profunda miseria en la que está sumida el campesinado español tras el “Desastre”, los plantadores se fijan en España. Y así se iniciaría uno de los episodios más importantes y más fascinantes de nuestra historia.

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Cartel de reclutamiento.  [Documento cedido por Fraser Ottanelli]

Algunos descendientes conservan en sus archivos familiares ejemplares de los pasquines con los que los plantadores reclutaban en España. Como uno de sus objetivos era colonizar el territorio recién adquirido, buscaban atraer a familias enteras, multigeneracionales. La respuesta no se hizo esperar: entre 1907 y 1913, se apuntaron más de ocho mil españoles -y no sólo de las zonas azucareras de Málaga y Granada, sino también del resto de Andalucía, de Valencia, Extremadura, y hasta de las lejanas provincias de Salamanca y Zamora. El viaje del primer barco que hizo la travesía de Málaga a Honolulu suscitó una gran polémica internacional. En España, el triste espectáculo de la partida de centenares de campesinos indigentes rumbo a un territorio yanqui tan lejano levantó ampollas: el 9 de marzo de 1907, publicaba La Correspondencia: “la opinión general es opuesta a esta emigración, que se considera aventurera y a la que se augura un resultado desastroso […] Todo el mundo califica de absurda una emigración a unas islas donde todo será extraño a los emigrantes, usos, costumbres y hasta el idioma”.

Para algunos emigrantes, la experiencia pudo haber resultado desastrosa o absurda. Pero para la mayoría acabaría siendo más acertado el pronóstico optimista lanzado también en 1907 por el Washington Post: “Dentro de pocos años […] aquellos españoles que están en Hawái trabajando por su salvación serán buenos ciudadanos estadounidenses”. Es cierto que las promesas de los carteles se antojaban muy exageradas; y muchos de aquellos emigrantes -quizá 6,000 de los 8,000- en cuanto pudieron dieron un segundo salto, esta vez a California, donde se establecerían en compactas comunidades en la parte centro-norte del estado. Tal es el caso, por ejemplo, de los padres alicantinos de Daniel Albert, quien llegaría a ser alcalde e hijo predilecto de la ciudad fundada por Junípero Serra y Gaspar de Portolá; y tal es el caso de la madre sevillana de Ralph Abascal, el mencionado paladín de los derechos de los trabajadores agrícolas de California.

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Hijos de jornaleros españoles, cerca de Sacramento, California, durante la cosecha, c. 1925.  Muchos españoles se afincaron en esta zona de California tras el periplo hawaiano.  [Foto cedida por Mike Muñoz]

El azúcar se encuentra en el centro de las historias de Albert y Abascal. Pero el lugar de honor de la historia de decenas de miles de inmigrantes españoles que se desenvuelven en la otra punta del país, en Tampa (Florida), lo ocupa el tabaco. De nuevo, estamos ante unas historias que transcurren en los intersticios entre imperios. A causa del estallido en 1868 de la guerra independentista cubana, buena parte de la industria tabaquera de la isla se trasladaría de La Habana a Cayo Hueso, en La Florida. Los dueños de muchas de las fábricas más importantes eran españoles, entre ellos, el valenciano, Vicente Martínez Ybor; el cántabro Ignacio Haya; el asturiano Serafín Sánchez, etc. Pero ya para mediados de la década de 1880, la diminuta y mal comunicada isla de Cayo Hueso se quedaba pequeña para los magnates del puro. Sería en 1886 cuando Martínez Ybor y unos socios y rivales decidieron trasladarse de nuevo; esta vez, a una pequeña población en la costa occidental de la península de Florida: Tampa. Así comienza otro de los episodios más espectaculares de la diáspora española en EEUU.

En 1886, Tampa era una somnolienta aldea de pescadores, con apenas 700 habitantes. Pero en menos de treinta años, gracias en gran medida al tabaco, la ciudad se transformaría en un vibrante centro manufacturero, con una masiva presencia de españoles, principalmente de Asturias, Galicia y Cantabria. Un informe preparado en 1913 sobre los españoles en Tampa describe así sus contribuciones al desarrollo de la ciudad: “La industria del tabaco está casi toda en […] manos [de españoles]; las instituciones españolas no tienen igual en el país; … sus hoteles, restaurants, cafés, salones de licores y comercio en general nada tienen que envidiar a los mejor establecidos; y los trabajadores pueden presentarse como ejemplo de laboriosidad y corrección, a las que va unido un previsor espíritu de economía”.

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Españoles e hijos de españoles beisboleros, Tampa, Florida, c. 1930.  [Foto cedida por Alicia Menéndez]

En esta época dorada de la “Capital Mundial del Tabaco” (1890-1940), decenas de miles de españoles -entre ellos los abuelos asturianos de Lou Piniella- convivirían en Tampa con cubanos e inmigrantes de otros países europeos. A la sombra de las enormes fábricas de puros que jalonan el paisaje de Ybor City y West Tampa apenas se trazaron canchas de balompié; todos los hijos y nietos de los habitantes de esta ciudad jugaban al béisbol.

 

Hacia la visibilidad

El relevo imperial no explica todo el fenómeno de la emigración española a EEUU. Hay capítulos importantes de la historia -el los españoles que encontraron trabajo en las minas o en las industrias pesadas de lugares como Arizona, Virginia Occidental, Ohio, o Pensilvania, por ejemplo- que se atribuyen mejor a la incipiente globalización del mercado de trabajo a principios del siglo XX, y a la creciente demanda de mano de obra barata en EEUU. El fascinante capítulo de los pastores vascos en los estados montañosos del oeste parecería tener más que ver con la oferta de unas destrezas peculiares, y con la creación de redes informales que conducían el proceso. Se podría decir otro tanto del caso de los cántabros que trabajaron principalmente en las canteras de granito de Nueva Inglaterra.

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Inmigrantes gallegos, en el tejado del “tenement” en el que vivían, con el Puente de Manhattan al fondo, c. 1920.  [Foto cedida por la familia Alonso-Sánchez]

Pero el concepto de relevo imperial sí ayuda a contextualizar buena parte del fenómeno. Incluso, por ejemplo, la peculiar historia de la emigración española a Nueva York. La Sociedad Benéfica Española de Nueva York -la organización española más antigua de la ciudad- se fundó en 1868. Los fundadores fueron empresarios y profesionales españoles residentes en la ciudad, muchos de ellos vinculados, de alguna manera, al comercio colonial. Y algunos, cómo no, al mundo del tabaco y del azúcar. Decidirían fundar esta organización benéfica en la coyuntura concreta de 1868 precisamente porque el estallido de la lucha independentista en Cuba en ese año generaría una oleada de exiliados españoles que huían del malestar en la isla, buscando refugio en Nueva York. Ya durante las primeras décadas del siglo XX, la colonia española de Nueva York tendría como núcleo una comunidad de vascos y gallegos fuertemente vinculada al transporte marítimo atlántico, radicada en tres de las zonas portuarias más importantes de la ciudad. De la colonia gallega -coruñesa, sadense, para más señas- que vivía en la zona de los muelles de Brooklyn, procede la familia de Carmen Fariña, actual Directora del sistema de escuelas públicas de la ciudad de Nueva York.

Albert, Abascal, Piniella y Fariña. La mayoría de estadounidenses no reconocería la ascendencia española de estas cuatro grandes figuras con apellidos poco comunes. Y quienes sí la reconocen, probablemente la interpreten como casuales casos aislados y no como unas cuantas muestras, más o menos notorias, de una sustanciosa diáspora sumergida y casi invisible.

© James D. Fernández

[Una versión de este texto ha aparecido en La Aventura de la Historia, 208, febrero de 2016, pp. 60-63

Co-director, con Luis Argeo, del proyecto archivístico: “Ni frailes ni conquistadores: Españoles en Estados Unidos”.

 

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