Los sastres y sus letreros

Palabras de James D. Fernández, pronunciadas en el Instituto Cervantes de Nueva York, el 9 de febrero de 2019, en la presentación de actividades del Consello da Cultura Galega en torno a la muestra fotográfica “Os Adeuses”
Para Dolores Sánchez, del Lower East Side y Sada

Buenas tardes.  Como neoyorkino, como descendiente de emigrantes españoles, y como estudioso –“friki” dirían algunos– de la diáspora española en Estados Unidos, me toca, en primer lugar, dar las gracias, tanto al Consello da Cultura Galega y a sus representantes –Rosario Álvarez, Xosé Manoel Núñez Seixas, y Emilia García López– como a la Xunta de Galicia, en particular al Señor Presidente Núñez Feijoo, y su equipo.  Porque la serie de actividades que han organizado y que se abre hoy promete ser, además de una gozada para una persona como yo, un parteaguas en la historia del reconocimiento de la presencia de gallegos, y de otros españoles, en Nueva York y en Estados Unidos, una historia tristemente desconocida, invisible, en este país. La exposición de las desgarradoras fotografías de Alberto Martí –Os Adeuses– se inaugura mañana en Ellis Island, el epicentro del fenómeno migratorio de Estados Unidos.  Y ese fenómeno, no lo olvidemos, ocupa el centro, o uno de los centros, de la historia de este país.  Las charlas, conferencias, simposios y proyecciones de películas programados en torno a la exposición prometen sacar de la invisibilidad a aquellas decenas de miles de españoles intrépidos que decidieron probar suerte en este país cuando aún soñaba más con puentes que con muros.

*

Os quiero contar una vieja leyenda neoyorquina seguramente apócrifa de aquellos lejanos tiempos: hace unos cien años, y por pura casualidad, en la famosa barriada de inmigrantes del Lower East Side, esa que hemos visto en tantas películas, donde se codeaban representantes de las cuatro esquinas del planeta, se inauguraron en el espacio de un solo mes tres sastrerías nuevas.  ¡tres! ¡en una sola manzana!

Un día, pongamos, miércoles, preocupado por tanta competencia, el dueño de la primera sastrería nueva –Giovanni, un italiano un poco dado a la exageración– colgó con gran teatralidad un enorme letrero en la puerta de su negocio, que ponía en letras como puños  “El mejor sastre de la ciudad”.

Su vecino, Ian, irlandés, que no iba a ser menos, replicó al día siguiente –jueves– con su propio letrero más inmenso todavía que el de Giovanni: “El mejor sastre del mundo.””  

Ahora bien; poca gente sabe que en esta barriada del Lower East Side, hace cien años, vivía un gran número de españoles –vascos y gallegos, principalmente. Y resulta que el que regentaba la tercera sastrería recién abierta en esta concurrida e inmunda calle cerca de los puentes de Manhattan y Brooklyn, era Xan, un gallego, no se sabe si orensano o coruñés, que para los efectos de la historia, lo mismo da.  Ese jueves por la noche, en la cocinas, en las escaleras de incendio, hasta en los tejados de los tenements, no había otro tema de conversación:   todo el barrio estuvo pendiente de cómo fuera a reaccionar el sastre gallego a esta guerra de los rótulos.

El tercer día –viernes– cuando llegó Xan a su tienducha por la mañana, ya se había formado un corrillo de desocupados cerca de la puerta, ansiosos de saber qué pondría el gallego en su anuncio, como si se tratara de una pelea de boxeo entre tres.  Cuando el sastre gallego llegó a la entrada de su local, sacó del bolsillo un minúsculo papel y, sin grandes ceremonias, lo pegó en el cristal de la puerta del negocio. Entró sin más, y se puso a trabajar.  Los curiosos en la calle se miraron entre sí, sorprendidos, más curiosos todavía; y tuvieron que acercarse mucho para poder leer lo que ponía el modesto cartelito del gallego Xan.

Ponía: “El mejor sastre de la manzana.”

*

adeuses.

Ver las fotos de Alberto Martí, de las partidas y despedidas de tantos gallegos en los puertos de Galicia, verlas, decía, montadas en Ellis Island, el lugar de las llegadas, y entradas, resulta un tanto desconcertante.  Se trata del  desconcierto sugerente y productivo de ver “Os adeuses, los adioses” instalados en el lugar de “As benvidas, las bienvenidas”.

En varias fotos de Martí, llama la atención en particular el protagonismo que cobran  las espaldas de los retratados; solemos asociar la carga emotiva, afectiva de las fotos con las caras expresivas; pero aquí, a pesar de la ausencia de rostros –o quizá a causa de esa misma ausencia– las fotos tienen un impacto emocional muy especial. Sería difícil encontrar otra foto sin rostros con más fuerza patética que esta; arrimados al borde del fin del mundo, ante el precipicio de los momentos decisivos, irreversibles, nos identificamos en muchas de las fotos de Os adeuses con aquellos que se quedan atrás, con los que se despiden de los que se van, para siempre, parecería.

Llevamos ya más de diez años digitalizando y estudiando los archivos familiares de los españoles que emigraron a Estados Unidos.  Y tras contemplar las fotos de Martí, he llegado a sentir a veces que el archivo de miles de imágenes que voy montando con mi colaborador Luis Argeo forma en su conjunto casi un perfecto contraplano o “reverse shot” de Los adioses.  Como si nuestras cámaras estuvieran instaladas ya no en los muelles de allá, sino en la orilla de acá, documentando la llegada, las bienvenidas.

Las fotos de Martí –tan hermosas, trágicas, traumáticas– escenifican la partida como un momento definido y definitivo, irreversible: los que se van, parecería que realmente se van “a otro mundo”; como si los pasajeros fueran a cruzar ya no el Mar Atlántico, sino el Río Estigia.  Es que las despedidas, los adeuses, tienen eso. En ese momento, en ese lugar, parecería que no existe nada más allá de la herida de la separación. Sin embargo…

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(Foto cedida por la familia Losada, de Newark, New Jersey)

En nuestros contraplanos, en foto tras foto, vemos de frente a los que vienen llegando, y a veces, vemos hasta el contenido de esos baúles que aparecen cerrados y sellados en tantas  fotos de Martí. Si miramos con cuidado, con sensibilidad, podemos ver incluso los sueños e ilusiones que formaban parte de su equipaje. Y entre esos sueños, acaso doblado entre prendas de ropa y fotos de los que se quedaron atrás, encontramos el sueño de volver.  

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Foto cedida por la familia Sánchez-Alonso, de Astoria y Sada/Bergondo.

En el fondo, lo que vemos en los álbumes del lado de acá, es que aquellas partidas no son casi nunca tan definitivas como parecen en las fotos de Martí; en nuestras imágenes se mezclan y se cruzan, sin remedio, los adioses y las bienvenidas, las idas y las venidas, el aquí y el allá, este mundo y el otro. Algunos –muchos– partieron para no volver nunca, es cierto; pero esos –lo podemos palpar en las fotos– nunca se habían ido del todo. Otros embarcaron en Galicia para luego volver, y quizás, quién sabe, para volverse a marchar otra vez.  Ya no se sabe bien si iban o venían.

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Foto cedida por la familia Yglesias, de Ferrol y Brooklyn, New York.

Por algo las colonias gallegas de la zona de Nueva York se asentaron principalmente junto al agua. En el fondo, se trata de una historia de barcos y muelles, no sólo como medios de transporte, sino también como oficios, escuelas, formas de vida.

Quien puede palear carbón en la sala de máquinas minero.de un vapor transatlántico, lo puede hacer también en una mina de West Virginia, en las calderas de una fábrica de Cleveland, o en la planta eléctrica de Con Edison, que en Nueva York empleó a muchos de estos inmigrantes gallegos engrasadores y fogoneros.

Y quien sabe guisar o servir comida en alta mar lo tiene aún más fácil en la tierra firme:  los cocineros gallegos de los barcos –igual que los vascos–ocuparán un lugar privilegiado en el mundo de la restauración allá donde se apearan de aquellas ciudades flotantes que eran los vapores.

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Emilio González Dans detrás de la barra de su “diner” en Tampa, Florida.  Foto cedida por su hija, Gloria Harper Boyett.

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Andrés Sánchez, detrás de la barra de uno de sus bares.  Foto cedida por la familia Sánchez/Alonso.

Herminia Guerra, de Sada, llegó a NY en 1920, para cuidar a una sobrina, Ángela, hija de su tío, Antonio Outeda, que regentaba no una sastrería, pero sí una tienda de ropa en ese Lower East Side español.

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En Nueva York Herminia conoció a Andrés Sánchez, de Bergondo, y ya en 1925  tuvo a su cuidado una hija propia, Dolores.

Entre Sada y Bergondo, hay unas siete millas; pero Herminia tuvo que cruzar el mar, viajar 3,000 millas, para conocer a su Andresiño.

En el ‘32, desesperados con las penurias de la Gran Depresión en Nueva York, y esperanzados con la llegada de la Segunda República, Herminia y Lola decidieron volver a Sada, a probar la suerte.  Andrés se quedó en Nueva York, esperando noticias.  ¿Habría llegado el momento de volver de forma definitiva?  Pero Herminia no se quedó convencida de la estabilidad del nuevo régimen, y después de un año, acabó regresando con la niña a NY –cosa que agradecerán su nietas, las hijas de Lola, que nos han proporcionado estas maravillosas imágenes. Según la leyenda familiar, el cerdo que aparece en la foto también hizo el viaje de Sada a NY –debidamente salado y curado, se entiende.

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O consideremos el caso de José Vázquez, de Chantada, Lugo.  Tres veces se hizo retratar: en la víspera de su partida a Cuba; 20 años más tarde, en la cumbre de la buena fortuna, ante su tienda de ropa en la Calle 14 de Nueva York, en el corazón de “Little Spain”; y otros 20 años después, ya en su casa en el mismo edificio donde tenía la tienda.  

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Foto cedida por Maximino Vázquez, el gaitero.

La última foto nos dice sin lugar a dudas que reside en Manhattan; pero la gaita que ha regalado a su hijo Max también sugiere que José vive todavía en otro lugar, o sugiere por lo menos que vive entre lugares.

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“Mi padre, Emilio González Ojea, nació en Ribas de Sil (San Clodio), Lugo, en 1903.”  –Francisca González Arias.

Y es que nunca se fueron del todo, como tampoco llegaron del todo;  Construyeron aquí una Galicia quizá más palpable, en algunos aspectos, que la de allá.

Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

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Vivieron entre lugares.  Y  los marineros en tierra que paleaban carbón en Astoria para generar la electricidad que iluminaba la ciudad de Nueva York, mandaron sus ahorros para construir escuelas en sus aldeas, para impulsar las luces de los que se quedaron atrás.

Y mientras tanto, nunca dejaron de cruzar el mar fotos, historias, y recuerdos… Dólares transformados en pesetas –muchas, muchísimas pesetas.

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Y ropa, mucha ropa.  En este humilde documento –uno de mis preferidos de todo nuestro archivo– vemos como Herminia llevaba casi treinta años en NY cuando preparó y envió este paquete de ropa –remendada, quizá, en una sastrería gallega del barrio– a su gente en A Coruña…

transiberia.

*

Seguramente hacía algo de frío aquel día del otoño de 1925, cuando Herminia y Andrés se pusieron unos abrigos –que igual en unos años calentarían a alguien más en Galicia– para subir al tejado del edificio en el que vivían en el Lower East Side. 

rooftop.

Acababan de llegar más primos de Sada, y había que buscar la luz y el espacio necesarios para inmortalizar el momento con una foto que mandarían luego a Galicia, guardando esta copia en Manhattan.  A la azotea. ¡Patata!

¿qué nos dicen las miradas tan directas, tan de frente, de este luminoso contraplano? No escucho ni “Adiós” ni nada por el estilo.  ¿Se despiden de nosotros o nos saludan? ¿o todo lo contrario?  Nos dicen, intuyo: “Sí, es cierto, los italianos y los irlandeses eran más, mucho más. También supieron y quisieron hacer letreros más grandes que nosotros. Pero aquí estamos; aquí hemos estado.  No nos olvidéis.”   

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